Una pregunta simple revela un problema enorme: ¿por qué una hectárea de algodón en el Chaco rinde unos 600 kg de fibra cuando en Brasil los rindes son de más de 1800 kg?
La respuesta no tiene que ver con el suelo, el clima ni la capacidad de los productores argentinos. Tiene que ver con la propiedad intelectual de las semillas.
El problema en simple
Las semillas se dividen en dos tipos: híbridas y autogamas.
Las híbridas — como el maíz — no se pueden volver a sembrar, lo que obliga al productor a comprar semilla nueva en cada campaña. Eso crea un incentivo natural para que las empresas inviertan en mejorarlas, porque saben que van a poder cobrar por cada uso. El resultado: la productividad del maíz argentino viene creciendo al ritmo internacional.
Las autogamas — como la soja, el algodón, el trigo y el tabaco — son distintas. A diferencia del maíz, estas semillas sí se pueden volver a sembrar. El productor cosecha, guarda parte de la semilla y la usa en la próxima campaña sin comprarle nada a nadie.
Eso en sí no es un problema. El problema aparece cuando alguien toma esa semilla, la reproduce en grandes cantidades y la vende ilegalmente — sin pagarle nada al laboratorio que la desarrolló. Si eso puede ocurrir sin consecuencias, ninguna empresa va a invertir millones en mejorar una semilla para el mercado argentino. Simplemente no la trae — o la desarrolla acá y la vende en Brasil, donde sí está protegida.
El resultado: Brasil registró el año pasado 330 variedades de soja. Argentina solo 23. Los productores brasileños usan semillas desarrolladas por empresas y científicos argentinos que los agricultores argentinos no pueden usar.
30 años de parálisis
El problema no es nuevo. La Ley de Semillas 20.247 establece el derecho de propiedad de manera clara. El problema era que el INASE — el organismo que debería fiscalizar — no tenía capacidad ni voluntad de hacerlo. Y mientras la cadena formal de semillas cargaba con controles y sobrecostos, el mercado ilegal de “bolsa blanca” operaba sin consecuencias.
Sturzenegger lo describió con precisión: “Durante décadas Argentina convivió con una paradoja: desarrollaba algunas de las mejores semillas del mundo, pero nuestros productores no podían acceder a muchas de ellas porque no existían mecanismos eficaces para proteger la propiedad intelectual.”
La conversación entre el sector rural, los semilleros y el Estado quedó trabada durante 30 años. Las entidades rurales focalizadas en retenciones. Los semilleros exigiendo reconocimiento pleno de la propiedad intelectual. Nadie cedía. Nadie avanzaba.
La solución: tecnología y diseño inteligente
El presidente Milei le pidió al equipo resolver el problema con una condición: que ningún productor se viera perjudicado. Es decir, que quien quiera seguir produciendo como hoy pueda hacerlo — pero que quien quiera acceder a semillas de mejor calidad también pueda.
La tecnología hizo posible lo que antes era imposible. Hoy el testeo de semillas se hace con scanner e inteligencia artificial — con un costo casi ínfimo se puede saber la genética de la semilla que se entrega con alto grado de precisión.
La Resolución Conjunta 3/2026, firmada por el secretario de Agricultura Sergio Iraeta y el presidente del INASE Martín Famulari, establece el nuevo esquema:
— El muestreo alcanza a la totalidad de las entregas efectuadas por los agricultores de las especies que cuenten con un método de identificación varietal aprobado por el INASE. En la práctica, cuando un productor lleva su cosecha a un acopio, ya en ese primer punto se toma la muestra — la misma que se usa para medir calidad y humedad ahora también sirve para identificar la variedad.
— El control pasa al sector privado — que ya lo hace, sabe cómo hacerlo y lo hace eficientemente.
— Si se detecta una posible infracción, el dueño de la semilla y el productor se arreglan entre ellos. Solo si no hay acuerdo interviene el INASE como tribunal de alzada.
— El sistema aplica solo a las variedades que se registren desde ahora en adelante. Las semillas que hoy se comercializan siguen exactamente igual.
Qué significa para el productor
El productor que quiere seguir produciendo 600 kg de algodón por hectárea puede hacerlo exactamente igual que hoy. No pasa nada. No hay ningún costo adicional ni ninguna obligación nueva.
Pero el productor que quiera acceder a una semilla que produce 1800 kg por hectárea ahora va a poder hacerlo — porque el desarrollador de esa semilla va a tener la garantía de que su propiedad intelectual está protegida y va a tener el incentivo para ofrecerla en Argentina.
¿Cuánto puede crecer la producción?
Sturzenegger fue cauteloso: “¿Quiere decir que el año que viene la cosecha de algodón del Chaco se va a duplicar o triplicar? No necesariamente.”
Primero el sector privado tiene que firmar los convenios con el INASE. El INASE también debe terminar de establecer los protocolos para las muestras de cada cultivo — en algodón ni siquiera están listos todavía.
Pero las estimaciones del equipo de gobierno indican que, simplemente por acercarse a la frontera tecnológica — con 30 años de atraso por recuperar — las exportaciones agrícolas aumentarían de mínima en USD 4.000 millones anuales.
Y Sturzenegger lo dijo directamente: “Estamos saldando una deuda histórica con el campo argentino. Esta reforma permitirá que nuestros productores accedan a semillas de última generación y que Argentina recupere el terreno perdido en productividad agrícola durante las últimas décadas.”

Creadora de este diario libre de pauta y ad honorem · Paleolibertaria · Emprendedora · CABA, Argentina.
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