Ante “lo que no se ve” —ya sea el futuro del país, las intenciones de un funcionario o los acuerdos de un armado político— el ser humano rara vez se queda en silencio. Por el contrario, solemos proyectar en ese vacío nuestras propias sombras. Así, la incertidumbre se transforma en miedo o en fe, en desconfianza o en esperanza. Sin embargo, esta reacción no es una propiedad del fenómeno mismo, sino un reflejo del tipo de observador que somos. Como bien se dice: no vemos el mundo como es, sino como somos.
El riesgo surge cuando nos convencemos de que nuestra mirada no es una versión de la realidad, sino la realidad misma. Al apropiarnos del fenómeno y declararnos dueños de una verdad única, dejamos de observar para empezar a imponer. Esta confusión no es un mero debate filosófico; determina cómo habitamos el desacuerdo. Cuando creemos que nuestra percepción es el hecho absoluto, cualquier opinión distinta deja de ser un diálogo y se convierte en una amenaza. Es aquí donde la discusión escala de intercambiar ideas a intentar someter al otro para tranquilizar el propio ego.
La tentación del atajo y la profecía autocumplida
En la política actual, este choque de percepciones se vuelve crítico. Lo vemos cuando se exige la renuncia de un ministro ante ataques externos o cuando se cuestiona la integridad de un armado territorial.
Muchos, movidos por el temor a perder lo logrado, caen en la tentación de exigir “atajos”: ceder principios morales a cambio de utilidad política, entregar piezas propias para calmar a un sistema que nunca estará satisfecho o exigir comportamientos “ejemplares” para no inquietar a los sommeliers de las formas, con la ilusión ingenua de ganar su voto o, al menos, de mendigar su aprobación.
Sin embargo, pedirle al líder que abandone su estoicidad —aquella que conquistó a su votante y que lo lleva a preferir perder antes que ser injusto con un inocente— es pedirle que deje de ser quien es. Si el Gobierno usara las herramientas de la vieja política para sobrevivir, dejaría de ser el fenómeno que elegimos para transformarse en aquello que prometió combatir.
El peligro más sutil de esta actitud es la profecía autocumplida. Al amplificar la queja, el votante bienintencionado genera divisiones, dudas y el ruido que el adversario necesita. Quien se retira o ataca desde adentro por miedo a una “traición futura”, está ayudando a construir el fracaso que dice temer. Y lo peor: si las cosas salen mal, el ego encontrará consuelo en el “yo te avisé”, una victoria intelectual vacía que solo sirve para esconder la falta de compromiso con el resultado colectivo.
De la queja reactiva a la construcción proactiva
El desafío hoy es pasar de una actitud de “voto cliente” —que solo reclama resultados desde la tribuna— a una de “voto socio”. Esto implica entender que la delegación de tareas (como el complejo armado en la Provincia de Buenos Aires) no es abandono, sino una arquitectura de poder necesaria para enfrentar a un sistema capilar y profundo. Los líderes delegan tareas, nunca la responsabilidad. Pensar que Milei se desentiende del armado político resulta, al menos, inocente. Ergo, sólo quedan dos caminos: confiar o no confiar en nuestro presidente.
En el caso que nos inquiete la llegada de nuevas estructuras al espacio o tememos que la “casta” infiltre las filas, la respuesta superadora no es el aislamiento o el enojo. La verdadera proactividad consiste en ocupar los espacios:
- En lugar de diagnosticar traiciones, construyamos blindajes.
- En lugar de pedir que se expulse a alguien por “el qué dirán” o por el supuesto daño a la credibilidad del gobierno, salgamos a dar la batalla cultural con datos para que el costo político de la honestidad sea nulo y la verdad no necesite disculparse.
- En lugar de pelearnos por quién estuvo primero, compitamos por ser los más eficientes en la fiscalización y el control social.
Conclusión: Blindar la moral con organización
La verdadera madurez política reside en reconocer que somos observadores limitados. No tenemos toda la información de lo que sucede “puertas adentro”, pero sí tenemos el control total sobre nuestra reacción.
El proyecto no necesita jueces internos que busquen tener razón en la derrota, sino militantes de la realidad que entiendan que el éxito es una construcción impura y constante. La solución no es pedirle al líder que sea más pragmático, sino ser nosotros tan organizados y sólidos que el líder no necesite nunca de los atajos del pasado.
En todo caso, enfoquemos la energía del disgusto en la construcción de propuestas superadoras, soltando toda pretensión de que deban ser tomadas; al final del día, habremos conquistado nuestra propia actitud, transformando la queja estéril en voluntad constructiva. El mejor escudo del cambio no es la crítica que “avisa”, sino la acción que “aporta”.
Diálogo de abajo hacia arriba: Respuestas a nuestra propia inquietud
Entiendo que estas reflexiones pueden chocar con el sentimiento de quienes están en el “barro” de la militancia. Por eso, propongo traducir el abordaje de este artículo a posibles respuestas a las objeciones más frecuentes que surgen cuando se trata de estos temas:
1. “Mi malestar no es una proyección, es la realidad de ver kirchneristas manejando mi distrito. ¿Eso también es subjetivo?”
Reconocer nuestra subjetividad no invalida lo que ves, pero prioriza tu reacción. El riesgo no es ver al “infiltrado”, sino creer que señalarlo es el fin de nuestra tarea. Si nuestra “verdad” nos paraliza o nos lleva a romper el espacio, le estamos regalando la victoria a ese infiltrado. La proactividad consiste en no dejarle el vacío: si el infiltrado está ahí, nuestro rol es ser los ojos del movimiento y rodearlo de una militancia tan sólida que su presencia sea irrelevante para el objetivo final.
2. “Ser un ‘voto socio’ suena a aceptar que el partido se llene de casta. ¿Por qué nos desplazan a los que estuvimos siempre?”
La política territorial tiene reglas de fuerza y eficacia. A menudo, quienes hoy se quejan de ser “desplazados” por nuevas estructuras lo hacen porque carecían de la fuerza suficiente para sostener el territorio bajo las reglas de la competencia política. Ser socio implica entender que el espacio no es un derecho de antigüedad, sino una conquista diaria de eficiencia. En lugar de resentir la llegada de otros, el desafío es ser tan indispensables y organizados que ninguna estructura externa pueda corrernos del centro.
3. “Confío en Javier, pero no en su entorno. ¿Por qué el disenso se castiga?”
Confiar en el líder implica respetar su derecho a elegir quién le cuida la espalda. Cuestionar constantemente a su círculo íntimo es, en el fondo, dudar de la capacidad del propio Presidente para distinguir la lealtad de la traición. El disenso es valioso cuando aporta soluciones, pero se vuelve destructivo cuando nace del temor a perder el control. Confiar es aceptar que, aunque no veamos lo que ellos ven, el rumbo general sigue siendo el que elegimos.
4. “Es fácil pedir propuestas superadoras, pero los canales están cerrados por las estructuras actuales. ¿Cómo participo?”
En política, los espacios rara vez se “dan”, generalmente se conquistan. Si sentís que una estructura te bloquea, la queja solo confirma tu debilidad frente a ellos. Una propuesta respaldada por 500 fiscales reales o un trabajo territorial medible es imposible de ignorar. La proactividad es entender que si el canal no existe, nuestra tarea es construirlo con la fuerza de los hechos, no esperar sentados a que la “estructura” nos invite a pasar.
5. “Si yo veo un error y aviso, ¿no es una forma de supervivencia para el proyecto?”
Avisar es un acto de lealtad solo si viene acompañado de una propuesta de solución. El valor de detectar un problema no está en el diagnóstico —que cualquiera puede hacer desde Twitter— sino en la capacidad de proyectar una salida superadora. Quien solo “avisa” y se retira a esperar el error, apuesta por su ego. Quien avisa, propone y se arremanga para ejecutar la mejora, es quien realmente garantiza la supervivencia del proyecto. La verdadera madurez es preferir un éxito imperfecto antes que el placer estéril de haber tenido razón en el fracaso.

“Capitalismo, ahorro y trabajo duro, no hay otra cosa.” Miguel Anxo Bastos