La trampa del racista: cómo te acusan para que hagas lo que quieren

Hay una jugada que se viene corriendo hace años en Occidente y que ahora empieza a asomar en Argentina. Es sutil, es eficaz, y funciona por psicología inversa.

El mecanismo es así: te acusan de racista. Vos, en el reflejo defensivo natural, salís a negar la acusación. Y en esa negación —que parece un acto de buena voluntad— quedás atrapado. Porque para “demostrar” que no sos racista, terminás avalando exactamente lo que el que te acusó quería que avalaras: fronteras abiertas, migración sin ningún tipo de criterio, crítica cero a prácticas que colisionan de frente con los valores que decimos defender.

El sesgo queda instalado solo. Ya no hace falta convencerte de nada. Vos mismo te convenciste, con tal de no quedar pegado a la acusación.

Esto no es teoría. Hay casos no solo documentados sino que los vimos todos.
El más crudo está en el Reino Unido. Durante años, las autoridades de Rotherham sabían de redes de abuso sexual de niños y mujeres organizado y no actuaron. No por ignorancia. Por miedo a ser acusadas de racismo. El informe oficial — el Independent Inquiry into Child Sexual Exploitation in Rotherham, publicado en 2014 y conocido como el Informe Jay — documentó más de 1.400 víctimas y estableció que funcionarios municipales y policiales habían ignorado deliberadamente las denuncias por temor a que señalar a los responsables fuera interpretado como discriminación.
El antirracismo convertido en parálisis institucional.
Las víctimas pagaron el costo.

En España el proceso fue más lento pero igual de visible.
La presión de la corrección política sobre el gobierno del PSOE los llevó a sostener durante años políticas de ingreso irrestricto que ignoraban los problemas reales de integración en algunas comunidades específicas.
El resultado fue que alguien tuvo que decir lo que la corrección política impedía decir — y ese alguien fue Vox, que hoy es la segunda fuerza del país. No lo digo como elogio ni como crítica a Vox. Lo digo como diagnóstico: cuando el sistema político cierra el debate legítimo, ese debate encuentra otro canal. Siempre.

En Argentina todavía estamos en la etapa temprana, la de instalar el sesgo, la de hacer que la pregunta misma parezca ilegítima. Cada vez que alguien plantea discutir criterios de ingreso, integración cultural o compatibilidad de ciertos valores con una sociedad libre, aparece el acusador. Racista. Xenófobo. Facho.
El objetivo no es el debate, el objetivo es clausurarlo antes de que empiece. Y si lográs que el acusado salga corriendo a “demostrar lo contrario”, mejor todavía: lo convertiste en aliado sin que lo supiera.

Hablar de criterios de integración, de valores compatibles con una sociedad libre, de las consecuencias documentadas de ciertas políticas migratorias en otros países, no es racismo. El racismo es atribuir características negativas a las personas por su origen étnico o nacional. Eso es exactamente lo que yo no estoy haciendo.

Lo que sí estoy diciendo es esto: en este país no vemos bien casarse con niñas. No vemos bien golpear, violar o quemar mujeres, sin importar la edad que tengan. No vemos bien matar a personas por ser gay, ni asesinar a otros por tener una religión distinta. De hecho, somos en su mayoría católicos, y unos cuantos sabemos que Jesús es el rey de reyes en este mundo — y en esa tradición también está el respeto a la vida y a la dignidad de cada persona.

Eso no es racismo. Es una declaración de valores. Y cualquier sociedad que no pueda defenderlos sin que la acusen de intolerante tiene un problema mucho más serio que el racismo.

La psicología inversa como herramienta política tiene nombre y tiene historia. Se basa en un principio simple: si querés que alguien haga algo, decile que no puede o que no debe hacerlo, y el instinto de negación hará el trabajo solo. Aplicado a la política migratoria, el resultado es quirúrgico: no hace falta convencer a nadie de abrir las fronteras. Alcanza con hacer que discutirlas parezca una vergüenza moral insoportable.
Y una vez que ese clima está instalado, el siguiente paso se da solo. Basta con que algún diputado — “sensible” al momento, atento a lo que el pueblo supuestamente siente — presente un proyecto con lenguaje inclusivo, fronteras abiertas o protección irrestricta a cualquier migrante sin importar sus antecedentes ni sus valores. En otro contexto ese proyecto moriría en comisión. En este contexto, con el sesgo ya instalado y la acusación de racismo flotando en el aire, tiene chances reales de ser votado. No porque convenció a nadie. Sino porque nadie quiere ser el que vote en contra y quede pegado a la acusación.

Así funciona la trampa. No en un día. En meses. En años. De a poco.

La respuesta correcta no es negar la acusación. Negar la acusación es seguirle el juego — es aceptar las reglas de un debate que está diseñado para que pierdas antes de empezar.

La respuesta correcta es reconocer la trampa y no caer en ella. No hace falta defenderse. No hace falta demostrar nada.
Es algo más simple y más difícil a la vez: seguir haciendo las preguntas que hay que hacer, aunque incomoden, aunque generen ruido, aunque alguien en algún lugar grite racista.

Una sociedad que dejó de poder hacerse ciertas preguntas no perdió un debate. Perdió su capacidad de gobernarse a sí misma.

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