Nota Editorial: Publicamos este artículo de Laura Toledo porque consideramos que genera una reflexión valiosa
sobre la transparencia del poder — una demanda que concierne a todas las ideologías.
El análisis sobre el comunismo no refleja la opinión editorial de Potusamarillo.
Cada vez que alguien menciona el comunismo aparece la misma objeción: “Eso ya se intentó y no funcionó”.
La respuesta habitual suele ser igualmente predecible. Los defensores del comunismo argumentan que las experiencias históricas del siglo XX no representan al verdadero comunismo. Sus críticos responden señalando hambrunas, autoritarismo, estancamiento económico y corrupción. Después de décadas de discusión, ambas posiciones parecen atrapadas en un diálogo circular donde nadie convence a nadie.
Tal vez porque ambos bandos están discutiendo la pregunta equivocada.
La cuestión no es si los experimentos comunistas del siglo pasado fracasaron. Fracasaron. La evidencia histórica es demasiado contundente como para negarlo. La verdadera pregunta es por qué fracasaron. Y la respuesta más interesante no es la que suele escucharse.
Existe una tendencia a asumir que aquellos sistemas colapsaron porque la planificación centralizada es intrínsecamente imposible. Sin embargo, esa conclusión da por sentado algo que rara vez se analiza: todas las experiencias comunistas conocidas ocurrieron en una época donde las herramientas necesarias para administrar una economía compleja simplemente no existían.
El comunismo, entendido en su forma más básica, es un intento de coordinar la actividad económica de una sociedad para satisfacer necesidades colectivas en lugar de perseguir beneficios individuales. El desafío siempre fue monumental. No se trataba de organizar una fábrica o una empresa, sino de coordinar millones de personas, miles de industrias, cadenas logísticas enteras y recursos distribuidos por un país completo.
Durante gran parte del siglo XX, semejante tarea era prácticamente imposible. Los datos llegaban tarde, cuando llegaban. Las estadísticas eran incompletas. Los informes se construían sobre papel. La información viajaba lentamente entre distintos niveles burocráticos. Las decisiones se tomaban desde centros de poder alejados de la realidad cotidiana y, para cuando una política demostraba ser equivocada, el daño ya estaba hecho.
Las críticas liberales al comunismo tenían, en este sentido, una enorme cuota de razón. No porque hubieran descubierto una ley eterna de la naturaleza, sino porque señalaban un problema real: nadie podía procesar toda la información necesaria para tomar buenas decisiones a escala nacional.
Pero hoy vivimos en un mundo radicalmente distinto.
Las empresas más grandes del planeta gestionan operaciones globales en tiempo real. Plataformas digitales coordinan a cientos de millones de usuarios simultáneamente. Sistemas automatizados procesan volúmenes de información que habrían parecido ciencia ficción hace apenas treinta años. Por primera vez en la historia, la capacidad tecnológica necesaria para observar, registrar y analizar enormes cantidades de actividad económica existe realmente.
Y, sin embargo, incluso si aceptáramos que la tecnología resolvió el problema de la información, seguiría existiendo otro obstáculo todavía más importante: el problema del poder.
Porque los sistemas comunistas no colapsaron únicamente por errores económicos. Colapsaron porque nadie podía controlar efectivamente a quienes administraban esos sistemas.
La corrupción no fue una anomalía. Fue una consecuencia lógica.
Cuando una estructura concentra enormes cantidades de recursos y decisiones, pero la ciudadanía carece de herramientas para supervisarla, la corrupción deja de ser una posibilidad y se convierte en una certeza estadística. No importa cuán nobles sean las intenciones iniciales. No importa cuán comprometidos estén los dirigentes fundadores. Tarde o temprano aparecen incentivos para ocultar información, manipular resultados, favorecer aliados o encubrir errores.
La transparencia, por sí sola, no elimina estos incentivos. Pero constituye la condición previa para combatirlos. Sin la capacidad de observar qué hace el poder, ninguna sociedad puede aspirar a controlarlo.
La historia política de los últimos siglos podría resumirse como una larga sucesión de sistemas diseñados para gobernar al pueblo sin permitir que el pueblo vea lo que realmente estaba ocurriendo.
Por eso resulta llamativo que gran parte de la izquierda continúe enfocando sus esfuerzos en discutir la distribución de la riqueza antes que la transparencia de su administración.
Si el objetivo es que los recursos pertenezcan a todos, entonces la información sobre esos recursos también debería pertenecer a todos.
La transparencia no debería ser una demanda secundaria ni una cuestión técnica reservada para especialistas. Debería ser el principio fundamental sobre el cual descansa cualquier proyecto político que pretenda hablar en nombre de la mayoría.
Mientras las cuentas públicas no sean completamente visibles, cualquier intento de combatir la corrupción será necesariamente incompleto. Podrán existir mejores leyes, organismos de control más sofisticados o dirigentes mejor intencionados, pero todos ellos operarán sobre una base de información parcial.
Imaginemos por un momento un Estado donde cada factura fuera pública. Donde cada contrato pudiera ser examinado por cualquier ciudadano. Donde cada salario estatal, cada transferencia, cada subsidio y cada compra estuvieran disponibles para consulta en tiempo real. Donde cualquier persona pudiera seguir el recorrido completo del dinero público desde el momento en que se recauda hasta el momento en que se gasta.
No una transparencia simbólica. No auditorías ocasionales. No organismos que supervisan a otros organismos.
Transparencia absoluta.
En un sistema semejante, el ciudadano dejaría de depender de la confianza. Ya no necesitaría creer en políticos, funcionarios o partidos. Podría verificar por sí mismo qué está ocurriendo.
Y ahí aparece una idea incómoda.
Tal vez el verdadero problema del comunismo nunca fue la propiedad colectiva de los recursos. Tal vez fue la opacidad con la que esos recursos eran administrados.
Después de todo, cualquier sistema político puede sobrevivir a malas decisiones. Lo que ningún sistema puede soportar indefinidamente es la imposibilidad de detectar esas malas decisiones.
Las sociedades aprenden cuando pueden observar sus errores. Corrigen cuando pueden medirlos. Mejoran cuando pueden discutirlos sobre evidencia compartida.
La opacidad destruye precisamente esa capacidad.
Por eso la transparencia radical representa mucho más que una herramienta anticorrupción. Es un mecanismo de aprendizaje colectivo. Permite que millones de personas participen en la supervisión del sistema. Convierte a cada ciudadano en un auditor potencial. Distribuye el control de la misma manera que otros proyectos políticos pretenden distribuir la riqueza.
Y aquí aparece la ironía final.
Este artículo parece una defensa del comunismo.
En realidad, es una defensa de la transparencia.
Porque incluso quienes jamás apoyarían una economía planificada deberían reconocer que la transparencia total constituye una de las pocas reformas capaces de unir intereses aparentemente opuestos. La izquierda puede verla como la condición necesaria para que el poder realmente pertenezca al pueblo. La derecha puede verla como la herramienta más poderosa jamás creada para limitar abusos estatales, corrupción y clientelismo.
Ambos grupos llegarían a la misma conclusión por razones completamente distintas.
Quizás esa sea la verdadera oportunidad política de nuestro tiempo.No demostrar quién tenía razón durante las discusiones ideológicas del siglo XX. Sino construir las instituciones que permitan vigilar al poder en el siglo XXI.
Porque antes de decidir cómo distribuir la riqueza, existe una pregunta mucho más fundamental.
¿Quién controla a quienes la administran?
Durante buena parte de la historia, la respuesta fue simple: nadie.
Todas las demás discusiones —mercado o planificación, izquierda o derecha, más Estado o menos Estado— ocurren después. La transparencia no resuelve por sí sola esos debates. Lo que hace es permitir que ocurran sobre hechos observables en lugar de sobre fe, lealtades o relatos.
Y tal vez la tecnología nos haya dado, por primera vez, la posibilidad de cambiar eso.

Apasionada de la informática, la tecnología y la ciencia. Fudamentalista del helado de menta granizada y el humor negro.
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