Hay una diferencia entre tener derecho a hacer algo y que eso sea digno de apoyo. Y hay una diferencia entre libertad individual y coherencia de principios.
Manuel Quintar, diputado nacional por La Libertad Avanza, se fotografió apoyado en un Tesla Cybertruck — una pickup eléctrica de acero inoxidable blindado que vale alrededor de 126.000 dólares en el mundo y probablemente el doble con los impuestos argentinos. La foto venía con texto: una provocación a los radicales de Jujuy para que le hagan publicidad gratis.

Tiene todo el derecho del mundo de comprarse lo que quiera con su dinero. Eso no está en discusión.
Lo que sí está en discusión es otra cosa.
De dónde viene ese dinero
Quintar es empleado público. Su sueldo lo pagan los contribuyentes argentinos — las mismas personas a las que el kirchnerismo le robó durante años con impuestos que financiaban el derroche del Estado. El mismo derroche que nos indignaba. El mismo del que dijimos basta.
Que use ese dinero como quiera es su derecho. Pero que lo ostente públicamente como si fuera un logro personal — como si ese Cybertruck fuera el fruto de su esfuerzo productivo — es una confusión filosófica importante.
Porque no lo es. Es el fruto del trabajo de otros, canalizado hacia él a través del Estado.
Lo que no estoy diciendo
A diferencia de los medios, esta nota no es una evaluación de la labor parlamentaria de Quintar ni de su historial político peronista, ni de su apoyo al proyecto de Milei en el Congreso. Eso es otra conversación.
Lo que señalo es algo más simple y más filosófico: la diferencia entre el derecho a hacer algo y la inteligencia de hacerlo. Ya vimos presidentes con Ferraris. Ya vimos funcionarios colgándose carteras de Louis Vuitton en el brazo. Ya sabemos cómo termina eso — no en términos legales sino en términos culturales. En lo que normaliza. En lo que comunica. En lo que le da a los medios para trabajar.
No confundamos las dos cosas.
El contexto que no se puede ignorar
Mientras esto ocurre, los medios sin prueba alguna intentan instalar sombras de lavado de dinero y corrupción sobre figuras del Gobierno — entre ellas Manuel Adorni — sin una sola evidencia concreta. Es una operación de demolición sistemática contra el proyecto que muchos defendemos.
En ese contexto, una figura pública del espacio tiene una responsabilidad que va más allá de su derecho individual. Darles material gratuito — aunque sea legal, aunque sea legítimo — es poco inteligente. No porque esté mal comprarse lo que uno quiera. Sino porque cuando sos una figura pública que representa un proyecto que está siendo atacado, tus decisiones tienen consecuencias que van más allá de vos.
Defiendo estas ideas desde el anonimato, sin recursos, sin plataforma y sin sueldo público. Cuido cada palabra porque entiendo que la batalla cultural se gana o se pierde en los detalles. Espero lo mismo de quienes tienen micrófono, mandato y sueldo financiado por los contribuyentes.
¿Es realmente la batalla cultural?
Milei no se aumentó el sueldo cuando todos los demás lo hacían. Milei aparece con ropa sin pretensiones. Milei vive en Olivos pero no convirtió eso en una performance de status.
Eso es batalla cultural. No porque sea humilde por obligación — sino porque entiende que los símbolos importan. Que en cierta forma, lo que normalizás con tus acciones define qué aspiran a ser los que te miran.
Una selfie ostentando un auto de 200.000 dólares financiado con impuestos normaliza otra cosa: que el Estado es una buena forma de conseguir cosas materiales. Que la función pública es un camino hacia el bienestar personal. Que vivir del trabajo ajeno — siempre que sea “legal” — es un logro que vale la pena mostrar.
Esa es exactamente la idea peronista. Con otra estética.
Lo que no pido
No pido pobreza. No pido que los diputados vivan en austeridad posada ni que finjan ser lo que no son.
Pido coherencia. Pido que quien dice defender la batalla cultural entienda que la batalla cultural no es una selfie — es un conjunto de decisiones cotidianas que comunican qué valorás y qué querés que otros valoren.
La libertad incluye el derecho a hacer lo que uno quiera con lo suyo. Desde mi punto de vista, mezclar ostentación con dinero público y batalla cultural es una contradicción. Y la libertad de expresión incluye el derecho a decirlo sin miedo.

Creadora de este diario libre de pauta y ad honorem · Paleolibertaria · Emprendedora · CABA, Argentina.
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