Hace más de dos mil años, Marco Aurelio escribió algo que hoy suena más actual que nunca: no son los hechos los que nos afectan sino nuestra interpretación de ellos. Y si algo define la política argentina de estos tiempos es la cantidad de energía que se gasta en hechos que no merecen ni un segundo de atención.
Aparece una acusación. Sin pruebas. Sin fuente verificable. Sin nada más que el impulso de instalar una narrativa. Y en cuestión de minutos, cientos de personas la repostean, la discuten, la refutan, se indignan. El resultado es siempre el mismo: la operación ganó. No porque tuviera sustento. Sino porque le dieron el único combustible que necesitaba: atención.
Cómo funciona una operación
Una operación política no necesita ser verdad para funcionar. Solo necesita circular. Cada vez que alguien la responde — aunque sea para desmentirla — le da una vuelta más de vida. Cada indignación es un megáfono. Cada respuesta es oxígeno.
Los que diseñan estas operaciones internas lo saben perfectamente. No buscan convencer a los que ya piensan diferente. Buscan que los que están en el grupo que atacan se dividan, se desgasten, se distraigan. El objetivo no es ganar el argumento. Es consumir tu energía en algo que no importa para que no te quede nada para lo que sí importa.
Lo que el estoicismo sabía
Epicteto — esclavo que se convirtió en uno de los filósofos más influyentes de la historia — enseñaba que lo único que realmente poseemos es nuestra mente y nuestras acciones. Todo lo demás — lo que dicen los demás, lo que instalan, lo que intentan hacerte sentir — no está bajo tu control.
Si permitís que una operación te saque de tu centro, le entregás exactamente lo que buscaba. Pero si decidís no reaccionar — si mantenés el foco en lo que realmente importa — la operación muere sola. Sin seguidores que difundan no hay cuenta relevante. Sin combustible no hay fuego.
La verdadera derrota para quienes intentan dividir no es que los refutes. Es que los ignorés.
Que sigas avanzando. Que tus logros — tu crecimiento, tu construcción cotidiana — sean la única respuesta que den.
La batalla comunicacional
En tiempos donde cuentas grandes — especulando con la visibilidad que alcanzan — instalan mentiras para operar en favor de sus propios intereses, es sumamente fácil hacer pasar por verdadera una operación construida sobre falsedades. Bots de inteligencia artificial potencian — con corazoncitos y comentarios prefabricados— la desinformación como si fuera verdad, y en el medio, los lectores desprevenidos son usados para distribuir lo que se quiere instalar.
No se cuestiona. No se duda de la fuente. No se investiga. No se pregunta. No solo por miedo a quedar fuera del rebaño popular, sino por delegar en otros el propio criterio.
La batalla por quién domina las redes — pagando cuentas obsecuentes, bots y posicionamiento para instalar lo que sea — se lleva puesto cualquier intento de política distinta, de militancia constructiva y de razonamiento genuino.
No darle visibilidad a lo que atenta contra tus valores, a lo que busca manipular a otros, a lo que con tal de logar su cometido se carga hasta los principios, parece ser la única salida sana que queda para conservar la cordura en las redes.
El silencio como decisión estratégica
Callar no es debilidad. Es la forma más eficiente de administrar tu energía en un entorno diseñado para distraerte.
Mientras ellos instalan, vos construís.
Mientras ellos dividen, vos avanzás.
Mientras ellos pierden el tiempo en operaciones sin sustento, vos hacés lo único que realmente importa: seguir compartiendo lo que sí importa, lo que es noble, lo que no especula con el bien de unos pocos sino que busca genuinamente el bien de todos.
Después de todo, todo cae por su propio peso cuando se obra mal.
“Me sentaré tranquilamente en la puerta de mi casa,
a ver la cabeza de mi enemigo pasar
rodando por la calle”, me dijo alguien como sinónimo de “no te enojés por gente mediocre incapaz de construir nada”.
No todas las batallas merecen ser peleadas.
Las que buscan desgastarte sin aportar nada haciéndote olvidar nuestros principios — las que existen solo para que pierdas el tiempo y la calma — merecen una sola respuesta.
La no difusión. El silencio.

Creadora de este diario libre de pauta y ad honorem · Paleolibertaria · Emprendedora · CABA, Argentina.
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