Te roban hasta la alegría y muchos todavía no se dieron cuenta

Desde mi punto de vista, hay que despolitizar la vida.
No lo digo como quien tira una consigna vacía al aire. Lo digo con la urgencia de quien ve una necesidad concreta.
Sacar a la política de todos los aspectos en los que se metió cuando no tenía por qué meterse. El arte. La música. La cultura. La educación. La alimentación, la ropa, el deporte — en todo se metió la política a hacer daño y a separar a la gente para beneficiarse.

Siempre estarán los que vean bien vivir del esfuerzo de los demás. Siempre habrá quienes los aplaudan. Lo que no hay es suficiente gente dispuesta a nombrar el problema en voz alta.

Nos robaron lo que es de todos

De un tiempo a esta parte, el daño es tan grande que se han politizado cosas que no son políticas. Y lograron algo todavía más grave: distanciarnos y volvernos indolentes.

Nos robaron el deporte. El arte. La música. Y muchos no se dan cuenta.

Es patético que ante la muerte de una deportista extraordinaria — alguien que nos representó a todos los argentinos — haya gente que no presente sus condolencias o guarde silencio por cuestiones políticas. Que se tome la muerte de un cantante o el asesinato de una niña para disparar sesgos ideológicos, para cargar contra un presidente que no te gusta -disociados de lo que realmente él siente-, solo demuestra hasta dónde llegó el adoctrinamiento.

Separar las cosas es sumamente necesario. Porque no todo en la vida es política. Hay cosas que son argentinas y son de todos sin importar que ideas políticas tengamos.

La alegría que también nos quitaron

A veces leo cosas que me hacen pensar que hay personas que eligieron, sin darse cuenta, privarse de vivir.
Leo sobre gente incapaz de ser feliz porque a otros les va bien. Leo sobre personas que no pueden celebrar los goles de la Selección porque quienes juegan no comulgan con sus ideas. Es tan triste privarse de una celebración por lo que diga un grupo político. Como si poder ver gambetear al mejor jugador de la historia actual no fuese suficiente milagro para sonreír y sentirse orgullosos del esfuerzo argento.

Es tristísimo, si lo pensás. Y no voy a dar nombres porque me da igual quienes son los políticos en cuestión, voy más allá: El sistema político más divisivo logró quitarle a su propia gente hasta la alegría de un gol argentino.

El sistema es tan separatista, tan proclive a buscar el conflicto, que necesita desesperadamente que todo esté politizado. No te preguntes por qué. Preguntate para qué.
¿Para qué te dicen cómo tenés que cortarte el flequillo? ¿Para qué te dicen qué música tenés que escuchar? ¿Para qué te dicen a quién tenés que odiar o a qué artista apoyar? ¿Para qué hacen ese reclamo apresurado de cuerpos en las redes cuando alguien muere? Frente al dolor se fijan primero a qué bando pertenece el cuerpo caliente, para ver si reclaman o no un poco de justicia, o ver si hablan mal o bien de quien partió.

El Estado no tiene por qué meterse en lo que hace feliz a un pueblo. Porque es justamente eso — lo que nos hermana — lo que nos recuerda que somos más que un número en un documento. Y los politizados deberían dejar de hacerle ese favor violento a los políticos.

Hoy veo cómo se ha privado a las personas no solo de su libertad de pensar, sino también de la alegría de vivir. Y así nos ataron al yugo del rencor. Y así nos robaron el sol que podemos ser, que nada tiene que ver con la política.

Un alma que no puede sentir la alegría de un gol de nuestra Selección Nacional, aplaudir a un escritor o a un actor, cantar una canción, o apoyar a un pintor que busca mecenas para su arte, por cuestiones políticas, es un alma muda y muerta, por mucho que grite de política hablando, por ejemplo, de “patriotismo” o “empatía”.

Cuando politizar todo se vuelve totalitario

Esta semana vi un video que ilustra perfectamente hasta dónde puede llegar esta lógica.

Una militante con flequillo, criticaba a jugadores de la Selección Nacional porque no expresan opiniones políticas contra el Gobierno. No alcanza con ganar. No alcanza con representar al país. Hay que opinar — y opinar lo correcto, en el tono correcto, en el momento correcto.

La trampa es evidente: si esos jugadores hablaran de política a favor del Gobierno, serían condenados igual. Entonces, no se trata de que opinen, se trata de que obedezcan a un movimiento político.

Y como argumento final, la acusación de ser “millonarios” que no se preocupan por la gente. Sin saber — o sin querer reconocer — si esas personas crearon escuelas, apadrinaron a familias, hicieron donaciones o eligieron ayudar de formas que no pasan por las redes sociales politizadas.

Exigirle a alguien que no le interesa la política que opine de política — y encima de la manera que a vos te conviene — no es activismo. Es una forma de totalitarismo cotidiano. La misma lógica que, llevada a sus consecuencias extremas, termina obligando a las personas a decir lo que el poder quiere escuchar.

Y acá hay una responsabilidad que va en dos direcciones. Por un lado, el artista, el músico, el deportista que elige vivir del Estado — de la pauta oficial, de los subsidios, de los favores políticos — resigna su independencia y se convierte en una herramienta más del sistema que dice combatir. Por el otro, quien sigue a un artista no tiene derecho a exigirle que se convierta en militante. Lo seguís por su obra, por su talento, por lo que te genera cuando lo escuchás o lo ves jugar. No por sus opiniones políticas.

Donde se mete la política no hace más que crear divisiones. Separa argentinos. Enfrenta a los que podrían estar unidos por algo tan simple como una canción, un gol o una obra de arte. Y ese daño no es accidental, es el objetivo.

Lo que podemos recuperar

Habrá que aprender a distinguir. A reconocer a los que crean con honestidad de los que usan la cultura como herramienta de poder. A valorar a los artistas que te interpelan sin pedirte que odies a nadie, y a no dejarse intimidar por los que gritan más fuerte desde un escenario que pagaste vos con tu entrada.

Porque muchos de los que hoy se presentan como víctimas del sistema fueron exactamente lo contrario: beneficiarios del Estado que financió su arte, su difusión y su visibilidad con el dinero de todos. Los mismos que humillaban al que no pensaba como ellos ahora piden comprensión y tolerancia.

No se trata de cancelar a nadie. Se trata de no confundir talento con virtud, ni silencio con complicidad.
Se trata de recuperar el derecho a disfrutar el arte sin que venga con un manual político incluido.

La política es parte de la vida. Pero debe ocupar el lugar que le corresponde. No más. No menos.
Y ese lugar no incluye el gol de la Selección, la muerte de un deportista, la música que elegís escuchar, ni el artista que decidís admirar.

Eso es tuyo. Es nuestro. Nadie debería poder robárnoslo. Y menos la política.

🌱 Si este contenido te aportó valor, podés apoyar nuestro proyecto con una donación voluntaria: matecito.co/potusamarillo o suscribirte mensualmente (suscripción que vos definas) a nuestro newsletter semanal en potusamarillo.com/vip

Copy link