En Argentina, la frase “algo hay que hacer” suele sonar a sensatez, urgencia y compromiso. Sin embargo, muchas veces esconde una forma de pensamiento mágico que consiste en creer que la realidad se corrige girando una perilla o redactando una norma que todo lo resuelve. Lo que se presenta como solución inmediata suele terminar destruyendo avances, recreando fracasos conocidos y postergando, una vez más, la madurez de asumir que no todo problema se aborda con intervenciones de corto plazo.
Pocas expresiones condensan tan bien cierta inconsistencia tradicional de este país como esa frase aparentemente inocente que se resume en “algo hay que hacer”. Se pronuncia con gesto grave, tono responsable y vocación humanitaria. Parece una convocatoria a la acción repleta de sentido común, pero en realidad, funciona como coartada para suspender el rumbo, pegar un volantazo, ignorar cualquier consecuencia y reemplazar el análisis por una pulsión espasmódica.
Detrás de esa fórmula hay una mezcla peligrosa de ingenuidad, ansiedad e ignorancia. Ingenuidad, cuando culmina suponiendo que los problemas complejos tienen soluciones simples, rápidas y gratuitas. Ansiedad, en esa inercia que exige una respuesta visible antes que una respuesta correcta. Ignorancia, en el instante que desconoce que cada intromisión altera incentivos, modifica conductas, cambia expectativas y provoca efectos que casi nunca aparecen en el cartel luminoso del anuncio oficial.
El “algo hay que hacer” descansa sobre una ilusión infantil, esa idea de que existe un botón oculto que el poder no presiona por necedad, maldad o insensibilidad. Si suben los precios, hay que congelarlos como sea. Cuando falta un producto, hay que obligar a venderlo. En el momento que el dólar se inquieta, hay que prohibir comprarlo, pero si baja hay que subirlo de cualquier forma. Si una actividad pierde competitividad, hay que “apoyarla” con financiamiento lateral. Si el empleo no crece, hay que dictar una norma que lo consiga y cuando una demanda social se vuelve ruidosa, hay que inventar un programa que se ocupe de eso ahora mismo. Siempre la misma lógica, tocar cualquier cosa, para demostrar que alguien está haciendo algo.
Pero la economía, lamentablemente, no es un tablero de luces. No funciona como un ascensor donde basta apretar el ícono del piso seleccionado para llegar al destino elegido. Es una red de decisiones humanas, expectativas, costos, riesgos, inversiones, precios relativos y confianza. Cuando se manipula una variable sin entender el sistema que la contiene, el resultado no suele ser alivio sino una distorsión inesperada que trae consigo derivaciones no calculadas ni tenidas en cuenta.
La Argentina conoce de memoria esa película. Controles de precios que terminan en faltantes, cepos que prometen cuidar reservas y terminan destruyendo credibilidad, tarifas artificiales que parecen proteger bolsillos, pero después obligan a saltos más dolorosos, retenciones que nacen como emergencia y se convierten en castigo permanente, regulaciones laborales que afirman defender al trabajador y terminan expulsando hacia la informalidad, impuestos transitorios que sobreviven a todas las crisis, subsidios que se anuncian como contención y luego financian privilegios, ineficiencia o dependencia.
Lo más grave no es solo el error técnico sino la cultura que le da soporte. El “algo hay que hacer” instala una mirada que sostiene que la prudencia es indiferencia, que no intervenir equivale a abandonar, que respetar procesos es crueldad, que esperar resultados de reformas de fondo es resignación. Así se vuelve sospechoso quien advierte riesgos, pide evidencia, señala incentivos o recuerda fracasos previos. El sensato queda como frío. El improvisado aparece como sensible.
Esa inversión moral es devastadora ya que transforma la política pública en una suerte de teatro emocional. Ya no importa si una decisión funciona, sino más bien si comunica preocupación. Ya no se evalúa su eficacia, sino su impacto simbólico. El funcionario que firma un parche recibe aplausos inmediatos mientras el ciudadano paga después la factura de ese disparate. Y cuando el remedio agrava la enfermedad, aparece otra vez el mismo reflejo esta vez reforzado y bajo el disfraz del “algo más hay que hacer”.
Así se construye el círculo perfecto del fracaso, con una medida equivocada que genera un problema nuevo, que a su vez justifica otra peor. La acumulación de paliativos imperfectos produce más desorden y eso solo desencadena una secuencia infinita de pedidos de intervención adicionales. Finalmente, el país queda atrapado en un laberinto que él mismo fabricó, mientras muchos siguen convencidos de que la salida consiste en activar otra palanca.
No se trata de defender la pasividad. Gobernar siempre implica decidir y hacerlo bien requiere mucho más que reaccionar, precisa de coraje para no ceder ante la ansiedad colectiva, templanza para sostener reglas, humildad para reconocer límites y lucidez para comprender que no toda demanda legítima habilita la utilización de cualquier instrumento.
El verdadero dilema argentino no es entre hacer y no hacer. Es entre hacer con inteligencia o reincidir con torpeza, entre construir instituciones o administrar impulsos, entre ordenar con reglas previsibles o condenarlo a vivir pendiente del próximo manotazo.
Es que cada vez que se invoca el “algo hay que hacer” para justificar una mala decisión, no se resuelve el presente sino que se hipoteca el futuro, y lo más dramático es que ese experimento ya demostró su incapacidad demasiadas veces. Es el mismo al que se volvió sin éxito alguno. Eso solo trae consigo menos confianza e inversión, menos empleo y libertad pero sobre todo más pobreza y frustración. La Argentina no necesita una varita mágica, sino más bien dejar de conspirar contra todo aquello que empieza a funcionar.

Creadora de este diario libre de pauta y ad honorem · Paleolibertaria · Emprendedora · CABA, Argentina.
🌱Este sitio utiliza Grok para revisión de ortografía, gramática y estilo.
🌱 Si este contenido te aportó valor, podés apoyar nuestro proyecto con una donación voluntaria: matecito.co/potusamarillo o suscribirte mensualmente (suscripción que vos definas) a nuestro newsletter semanal en potusamarillo.com/vip