El Bastón de la Revelación frente al caso Adorni

En Argentina hay una costumbre miserable:
al que ahorró fuera del radar fiscal se lo quiere tratar como criminal, pero al político que le arranca medio sueldo al trabajador con impuestos, tasas, percepciones, retenciones e inflación se lo sigue llamando “servidor público”.

Yo no acepto esa inversión moral.

Cuando apoyo el Bastón de la Revelación sobre este caso, lo primero que aparece es una verdad simple: una cosa es tener dinero no declarado, corregir una declaración, explicar un origen patrimonial o someterse a una investigación administrativa o judicial. Otra cosa, muy distinta, es convertir automáticamente a esa persona en delincuente porque el relato fiscal necesita un culpable.

No.

En una república, la culpa no se presume.
La ley no puede ser reemplazada por el linchamiento.
La Justicia no puede ser sustituida por el griterío.
Y la moral pública no puede quedar en manos de los mismos que durante años defendieron un Estado diseñado para asfixiar al que trabaja, perseguir al que ahorra y castigar al que produce.

El caso Manuel Adorni debe ser mirado con esa claridad.
Si tiene que explicar, que explique.
Si tiene que rectificar, que rectifique.
Si corresponde pagar, que pague.
Si la Justicia debe investigar, que investigue.

Pero eso no autoriza a instalar una equivalencia falsa y peligrosa:
dinero informal igual a delincuencia.

Esa es la trampa.

Porque tener dinero no declarado no vuelve automáticamente a nadie un ladrón.
Puede haber una omisión.
Puede haber una irregularidad.
Puede haber una cuestión tributaria.
Puede incluso haber un problema mayor si una investigación seria lo prueba.

Pero hay una distancia enorme entre investigar un hecho y fabricar una condena moral anticipada.
Esa distancia se llama república.

En Argentina, ahorrar por afuera del sistema no nació de una vocación criminal colectiva. Nació de décadas de destrucción monetaria, presión fiscal absurda, controles arbitrarios, cepos, inflación, confiscaciones encubiertas y desconfianza racional en el Estado.

Eso no convierte toda informalidad en virtud.
Pero sí vuelve obscena la pose moral de quienes hoy se escandalizan porque alguien protegió su patrimonio fuera del radar del mismo Estado que ellos defendieron mientras saqueaba.

Yo he visto esta escena demasiadas veces.

El Estado rompe la moneda.
El Estado castiga el ahorro.
El Estado persigue al que factura.
El Estado convierte producir en sospecha.
El Estado se queda con una parte descomunal de lo que la gente gana.
Y cuando el ciudadano intenta sobrevivir como puede, aparece el sacerdote fiscal a señalarlo con el dedo.

No es moral.
Es cinismo con sello oficial.

La verdadera pregunta no es solo qué hizo Adorni.
La verdadera pregunta es qué clase de sistema produce millones de argentinos que sienten que declarar, ahorrar, invertir o crecer dentro de la ley se vuelve una carrera de obstáculos contra su propio Estado.

Porque cuando el impuesto deja de ser una contribución razonable y se convierte en castigo, cuando la presión fiscal deja de financiar servicios y empieza a sostener privilegios, cuando el recaudador se vuelve más importante que el productor, entonces el problema ya no es solo tributario.
Es moral.

Y ahí aparece la diferencia que muchos no quieren ver.

A mí me conviene más un dirigente que entienda, incluso por experiencia propia, que los impuestos pueden ser un abuso, antes que un político hipócrita que defiende la presión fiscal porque vive de ella, la necesita y la justifica.

El primero, con todas sus contradicciones, puede haber visto el monstruo.
El segundo es parte del monstruo.

El político estatista jamás habla del impuesto como agresión.
Lo llama solidaridad.
Lo llama aporte.
Lo llama responsabilidad social.
Lo llama presencia del Estado.

Pero detrás de esas palabras suelen esconderse horas de vida ajena, trabajo confiscado, ahorro destruido y propiedad sometida a la voracidad de una maquinaria que siempre pide más.

Después, cuando alguien admite que se defendió como pudo de esa maquinaria, esos mismos defensores del saqueo descubren de pronto la ética pública.

No.

La moral no empieza en el organismo recaudador.
La moral empieza antes: en no saquear al que trabaja, en no mentirle al contribuyente, en no construir un régimen donde producir sea sospechoso y exprimir sea política pública.

Desde mi mirada, el impuesto deja de ser legítimo cuando cruza la frontera del límite y se vuelve confiscación encubierta, castigo al mérito o herramienta de domesticación.
La ley debe proteger la propiedad, no convertirla en botín.
El Estado debe servir al ciudadano, no transformarlo en rehén fiscal.

¿Quiere decir esto que Adorni no debe dar explicaciones?

No.

Como funcionario público, debe explicar todo lo que corresponda.
Debe responder con claridad.
Debe someterse a los controles que existan.
Debe actuar con la responsabilidad que exige el cargo.

Pero mientras eso ocurre, yo no voy a aceptar la operación moral de quienes quieren convertir su caso en una prueba de que todo aquel que tuvo dinero informal es un delincuente.

Esa es la verdadera maniobra.

No están atacando solamente a Adorni.
Están intentando culpabilizar a todos los que alguna vez se defendieron de un Estado voraz.
Están tratando de convertir a las víctimas de un sistema confiscatorio en culpables, para proteger la santidad del aparato que las asfixió.

Quieren que el ciudadano sienta vergüenza por haber sobrevivido.
Quieren que el trabajador se sienta criminal por haber protegido lo suyo.
Quieren que el ahorrista pida perdón mientras los verdaderos saqueadores dan cátedra de moral pública.

Y ahí el Bastón de la Revelación muestra lo que el relato intenta esconder:

el ataque a Adorni funciona como una defensa del Estado predatorio.
Una maniobra para decirnos que el problema son los que evadieron, los que escondieron, los que se refugiaron, los que desconfiaron; y no el sistema político que durante años convirtió al ciudadano en presa fiscal.

Pero la verdad es otra.

Fuimos víctimas de un Estado usado para fines de políticos ladrones.
Víctimas de una maquinaria que habló de justicia mientras saqueaba, que habló de solidaridad mientras repartía privilegios, que habló de república mientras convertía el esfuerzo privado en combustible de su propia decadencia.

Por eso mi conclusión no es que nadie esté por encima de la ley.
Mi conclusión es exactamente la contraria: la ley debe volver a estar por encima del poder.

Y para eso hay que dejar de aceptar la moral invertida de un país donde el que se defiende del saqueo es tratado como delincuente, mientras el que diseñó el saqueo se presenta como guardián de la virtud.

El verdadero escándalo no es que un argentino haya querido proteger su ahorro de un Estado voraz.
El verdadero escándalo es que todavía haya políticos, periodistas y burócratas pretendiendo convencernos de que esa voracidad estatal fue alguna forma de moral republicana.

No lo fue.

Fue saqueo con membrete.
Fue dependencia administrada.
Fue una pedagogía de sometimiento.

Y cuando una sociedad empieza a despertar, lo primero que debe recuperar es la capacidad de nombrar las cosas por su verdadero nombre.

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