“Durante años Occidente confundió inteligencia con demolición” por Andrés Mego

Por Andrés Mego
(texto público compartido en su cuenta de X @andresmego )

Durante años Occidente confundió inteligencia con demolición.
Creyó que la forma más alta de sofisticación era reírse de todo.

De Dios.
De la patria.
De la familia.
Del amor.
Del hombre.
De la mujer.
De la verdad misma.

Una civilización entera empezó a pudrirse lentamente detrás de paredes universitarias cubiertas de ironía, resentimiento y subsidios estatales.
Gente incapaz de construir una mesa, criar un hijo o permanecer casada diez años, explicándole al resto de la humanidad cómo debía vivir.

Entonces llegaron los sacerdotes de la deconstrucción.
Los expertos en sospechar.
Los burócratas morales.
Los periodistas con alma de gerente de recursos humanos.
Los profesores que transformaron el vacío espiritual en carrera académica.

Y durante un tiempo funcionó.

Porque destruir produce placer.
Un placer breve, masturbatorio y bastante francés, en realidad.
La sensación de superioridad de quien incendia una catedral y después escribe un ensayo explicando que las catedrales eran, desde el comienzo, dispositivos de opresión.

Lo difícil nunca fue destruir.
Lo difícil es merecer heredar algo.

Pero algo empezó a quebrarse.

Los hombres comenzaron a cansarse de pedir perdón por existir.
Las mujeres comenzaron a cansarse de competir contra caricaturas ideológicas.
Los hijos crecieron sin padres, sin silencio, sin dirección y sin Dios; apenas iluminados por la luz azul de una pantalla miserable.

Y entonces ocurrió lo impensado.

En medio de una civilización agotada de psicólogos, ansiolíticos, pornografía, identidades líquidas y discursos vacíos, millones de personas comenzaron lentamente a recordar algo elemental:

Que Dios no había muerto.
Que simplemente lo habíamos reemplazado por terapeutas, burócratas y activistas con flequillo.

Y ahí empezó el verdadero despertar.

No el “woke”.
El otro.

El despertar del constructor.
Del hombre que trabaja doce horas y todavía ama a sus hijos.
Del que funda empresas.
Del que escribe libros.
Del que quiere dejarle algo a alguien antes de morirse.
Del que todavía puede arrodillarse a rezar sin sentir vergüenza frente a un panel universitario de mediocres.

Porque la verdad tiene una característica insoportable para los nihilistas:

Sobrevive.

Sobrevive a los gobiernos.
A los periodistas.
A las modas.
A los algoritmos.
A los profesores marxistas reciclados en especialistas de género.
A los burócratas internacionales que hablan de humanidad mientras desprecian profundamente a los seres humanos reales.

Y sobrevive porque nadie la inventó.

El mundo no necesita más deconstructores.
Necesita hombres capaces de construir una familia, una empresa, una iglesia, una nación.
Hombres capaces de amar algo más que su propio reflejo ideológico.

Tal vez por eso un economista argentino despeinado, excesivo y furioso terminó convirtiéndose en un fenómeno mundial.

Porque mientras las élites occidentales pasaban décadas discutiendo pronombres, él cometió un acto imperdonable:

Volvió a hablar de civilización.
De mérito.
De verdad.
De libertad.
Del bien y del mal.

Y sobre todo, volvió a decir algo que esta época decadente ya no toleraba escuchar:

Que Occidente merece ser defendido.

Se rieron de él.
Como siempre se ríen antes del derrumbe.

Pero los pueblos, tarde o temprano, terminan oliendo la mentira.
Y también terminan reconociendo a los pocos que todavía se animan a nombrar la realidad sin pedir permiso.

Tal vez el futuro de Occidente no nazca en una universidad.
Ni en Hollywood.
Ni en Bruselas.

Tal vez vuelva a nacer en lugares mucho más antiguos y mucho más humanos:

Una mesa familiar.
Un libro.
Una iglesia.
Un hijo.
Un hombre trabajando.
Una mujer amada.
Y Dios.

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