Aviso al lector: ningún paquete de Don Satur
fue dañado para escribir este cuento.
El munipa llega a “la ofi”.
Antes de sentarse en su escritorio —ese escritorio que no eligió, en esa silla que no compró, en ese edificio que no alquila— lo primero que hace es prepararse un café.
Calienta el agua en una pava. Usa una taza, una cucharita, una azucarera. ¡Ups! Se le cae un poquito en la mesada, así que agarra la esponja para limpiarlo. Se seca con el repasador.
Después se acuerda de que “munipa simpático perpetúa cargo”, así que prepara el café con la cafetera, para compartir.
Para sus compis, llevará en la bandejita las servilletitas correspondientes, las cucharitas y la azucarera. Como algunos son eco-friendly —se acordó de que en la ofi, gracias al presupuesto anual se imprimieron poster con infografías de cambio climático. Más de la mitad del presupuesto de esos posters fue para las pecheras que usaron en la fiesta del partido, pero ese es solo un detalle. Lo importante es que están todos los carteles de cuidar el medio ambiente decorando la ofi— llevará vasos de plástico por si alguien quiere café.
Contó de más, así que dejó algunos en el escurridor de platos.
Y para no tener que pararse después, en la bandeja puso el termo. Termo térmico, obviamente. Impreso con el logo del ministerio. Termo que compró la secretaría de la subsecretaría, de la secretaría del ministerio, gracias a la amistad de la prima de la alcaldesa con el otro jefe de la subsecretaría de la secretaría que está al lado de la secretaría de la que hablamos y donde se encuentra este ejemplar de munipa que estamos mirando.
Como vemos, y ya que estaba, sumó la botellita que se trajo de casa. No, no la compró. Es una botella de agua saborizada de falso “kiwi egipcio” que ayuda a tener la piel hidratada —cortesía de la chica tetona y sonriente que consiguió un puestito en la feria del finde. Feria a la que tuvo que ir para apoyar integralmente el programa de gestión inclusivo del alcalde.
“Si toca aplaudir, se aplaude” pensó sacando pecho mientras equilibraba la bandeja.
“¡Ya está el café!”, anuncia el munipa alertando a sus compis. Y se sienta en el escritorio.
Podríamos describir el paisaje detallando las lapiceras. Los cuadernos. Los blocks de notas sin usar. Los cartuchos de impresora que nadie pidió pero están en el cuartito porque el sector de la subsecretaría de la secretaría del cuarto piso se mudó para evadir impuestos al segundo, y los cartuchos —vaya a saber para joderle la vida a quién— quedaron en este sector. En esta subsecretaría de esta secretaría, sin que nadie los use. También están los stickers -gentileza de los que “ganaron” la última licitación- con el logo de la ciudad pegados en todo lo que se mueve.
Pero vamos, que ya todos lo tenemos claro: la fauna autóctona del munipa está rodeada de objetos que lo definen.
Es vital para el animal estatista tener cerca aquellos elementos que lo identifican como un verdadero munipa de ley. Sin ellos, el ecosistema colapsa. O peor: el munipa podría verse obligado a una de las aberraciones más grandes de cualquier manada estatista: producir algo útil.
Pero no vaya a creer nuestro lector que este bicho estatista, también conocido como Burocraticus perpetuus, es único. No. Lo encontramos en CABA pero también en todas las provincias del país, donde líderes políticos gustan de pagar artículos de bazar, de librería, de limpieza, muebles, computadoras, cartuchos de impresora, licencias de programas, favores y etc. — además de sueldos para amigos, obviamente.
Los encontramos no solo en edificios del gobierno sino también en legislaturas, en concejos y en cuanta jaula socialmente aceptada de esclavos bajo el nombre de “secretaría” o “subsecretaría” se invente el partido del Estado.
Momento!.
Nuestro animal estatista se dispuso a trabajar.
Falsa alarma.
Dejó de lado el pilón de papeles, no abrió el correo, pero sí abrió Twitter para leer el posteo de un desconocido:
“El gran error del estatismo es ver solo lo que se gasta y nunca lo que se resigna. Cada peso que el Estado destina a su propio ecosistema es un peso que no llegó al sector privado, que no generó riqueza, que no financió un trabajo real. El munipa no sabe de costos de oportunidad. Prefiere pasar horas extras yendo a aplaudir al jefe…”
Frunció el ceño, dando un sorbo al café.
“El Estado no genera riqueza alguna. Nace, crece y se reproduce infinitamente a costa de los que trabajan.
Todo, absolutamente todo, es pagado con la nuestra.
Todo para que el munipa de ley disfrute de su ecosistema.”
—¿Pudiste hacerme ayer lo que te pedí? —le preguntó la jefa (hija del amigo de la infancia del jefe de la otra secretaría del ministerio) mientras pasaba yendo a la sala de reuniones a no reunirse con ninguna idea productiva.
—No llegué, estuve tapado de trabajo.
—¿Como ahora? —dijo irónica, chusmeándole la pantalla.
—¿Vos viste lo violentas que están las redes últimamente? —respondió, buscando una complicidad que le evite tener que estar en silencio todo el día.
—¡Ay, sí! ¿Viste? Es increíble la violencia de las redes.— respondió mientras le sonaba el celular que atendió.
“Andate a cagar trol pago de mierda”, comentó el munipa en el post.

Creadora de este diario libre de pauta y ad honorem · Paleolibertaria · Emprendedora · CABA, Argentina.
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