Los hijos no son de plástico. Cuando las palabras pierden su significado, perdemos algo más que palabras.

Un matrimonio de influencers españoles denunció públicamente que no admitieron a su muñeco bebé hiperrealista en una guardería. Una psicóloga les había recomendado usarlo como terapia alternativa a tener un hijo real. La nota periodística que cubrió el caso lo presentó como si el muñeco fuera un niño. Al terminar, la periodista le envió besos — al muñeco — como si fuera un ser humano.

No es un chiste. De verdad pasó:

Fuente: @OOCprogresismo2

Cuando llamar a las cosas por su nombre se vuelve un acto de resistencia

Hay algo que ocurre cuando una sociedad empieza a llamar “hijo” a algo que no lo es. Cuando llama “madre” a alguien que sostiene un objeto de plástico. Cuando llama “familia” a dos personas y una muñeca. No es solo una cuestión semántica es una cuestión de realidad.

Porque las palabras no son etiquetas arbitrarias que pegamos sobre las cosas según nos convenga. Son los instrumentos con los que pensamos, con los que nos entendemos, con los que construimos valores y leyes y comunidades. Cuando una palabra pierde su significado — cuando se vacía por dentro y se rellena con cualquier otra cosa — no solo cambia la palabra. Cambia lo que podemos pensar con ella.

Si “hijo” puede ser un muñeco de plástico, ¿qué protege la ley cuando protege a un hijo?
Si “madre” puede ser quien sostiene un objeto, ¿qué significa el vínculo que esa palabra nombra?
Si “familia” es cualquier combinación de personas y objetos, ¿sobre qué fundamento construimos las instituciones que la protegen?

La respuesta es incómoda: sobre ninguno.

El tejido que se deshace

No hace falta decretar el fin de los valores para destruirlos. Alcanza con vaciar de contenido las palabras que los sostienen. Alcanza con normalizar lo anormal tan gradual y pacientemente que un día amanecemos en un mundo donde nadie recuerda por qué las cosas tenían el nombre que tenían.

Cuando matar, violar o robar es “depende de quién lo haga” las palabras pierden su fuerza moral.
Cuando mujer puede ser un hombre, la palabra pierde su capacidad de nombrar.
Cuando madre puede ser alguien con una muñeca, el vínculo más profundo de la especie humana queda reducido a un sentimiento subjetivo.
Cuando hijo puede ser una cosa de plástico, la infancia deja de ser sagrada.

Vaciar a las palabras de su contenido corrompe las estructuras mentales que necesitamos para pensar con claridad. Para poder distinguir el bien del mal o lo justo de lo injusto. ¿Si no sabemos que es una mujer cómo sabremos cuando una ha sido discriminada, por ejemplo?

Y cuando todo puede ser todo, nada es nada. Y cuando nada es nada, ya no hay principios. No hay valores. No hay respeto. No hay orden natural al que apelar cuando algo va mal.

Cuando las palabras más elementales (mujer, niño, madre, familia) dejan de tener un significado estable ya no estamos frente a una manipulación del lenguaje estamos frente a un intento deliberado de borrar los marcos de referencia colectivos que nos permiten entendernos, que nos permiten pensarnos y protegernos.
Si no sabemos lo que es un niño ¿como podremos defenderlos? Si un niño es un “adulto pequeño” o una “cosa descartable” ¿Cómo aplicamos la justicia si no podemos ni nombrar con claridad lo que queremos defender?

Eso no es libertad. Es desorientación organizada que esconde intereses más oscuros.

Lo que está en juego

El wokismo no destruye el tejido social de los pueblos de un golpe. Lo hace palabra por palabra, concepto por concepto, noticia por noticia. Una periodista que le manda besos a un muñeco como si fuera un bebé no es una anécdota graciosa, es el síntoma de algo mucho más profundo. Es la prueba de que el proceso ya está avanzado. De que hay personas que ya no pueden distinguir entre lo real y lo construido, entre lo natural y lo artificial, entre lo humano y lo que no lo es.

Una mujer es la hembra adulta de la especie humana. Los hijos no son de plástico. Las madres no son quienes sostienen objetos. Las familias no son dos personas y una muñeca.

Quizás el acto más revolucionario que nos queda sea este: seguir llamando a las cosas por su nombre. Sin miedo. Sin disculpas. Sin besos a los muñecos.

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