El riesgo de exigir milagros y no reconocer progresos

Hay una forma muy argentina de mirar la realidad que consiste en reclamar resultados inmediatos incluso cuando el camino ya se empezó a recorrer alcanzando profundos logros. El drama no es pedir más, ni señalar lo que aún falta, sino ningunear lo que ya cambió porque todavía no alcanza para calmar la ansiedad acumulada. Entre el triunfalismo ingenuo y el pesimismo compulsivo hay una tarea cívica inconclusa que invita a aprender a valorar los hitos superados sin dejar de requerir mejoras.

La impaciencia puede ser comprensible, pero no siempre es justa. Después de tantos lustros de frustración, deterioro institucional, inflación crónica, desorden fiscal, reglas turbulentas, prerrogativas sectoriales, subsidios inaceptables, controles asfixiantes y promesas incumplidas, una parte de la comunidad parece buscar que el presente repare en meses lo que se descompuso durante décadas.

Esa demanda emocional tiene una explicación. La gente no vive de diagnósticos macroeconómicos sino en supermercados, farmacias, alquileres, cuotas, servicios o salarios que a veces no satisfacen las expectativas y que aun no se recomponen del todo. La evolución general puede insinuarse y, al mismo tiempo, lo cotidiano sentirse frágil. Nadie debería burlarse de esa tensión, pero muy distinto es convertir cada incomodidad persistente en una prueba de fracaso definitivo.

El gobierno actual puede ser criticado por múltiples razones. Toda administración debe ser observada y controlada, pero resulta, al menos, intelectualmente deshonesto negar algunos grandes pasos concretos de fondo de esos de los que no hay memoria. Se comenzó a discutir la estabilidad como condición previa y no como un emergente irrelevante. Se volvió a colocar el equilibrio fiscal en el centro del debate público. Se cuestionó la idea de que el Estado puede gastar indefinidamente sin consecuencias. Se ha desmontado la fantasía de que la emisión, el endeudamiento o el atraso artificial de precios eran gratis o intrascendentes.

También cambió el clima conceptual en un territorio que ha funcionado eternamente bajo una lógica en la que el dislate parecía natural, el que podía se cubría, el que manejaba información se anticipaba, el que dependía del Estado negociaba privilegios y el que no contaba con margen quedaba condenado a correr detrás de decisiones ajenas. Hoy, aun con imperfecciones evidentes, aparece la posibilidad de que se ordenen los incentivos, se consiga cierta previsibilidad y se premie a los que producen.

Sin embargo, junto a esas conquistas aparece una angustia social que opera como si todo debiera resolverse hoy mismo. Algunos reclaman mayor poder adquisitivo, consumo robusto, crédito accesible, tarifas contenidas, impuestos más bajos, empleo creciente, inversión inmediata, servicios subsidiados, dólar estable y crecimiento sostenido. Todo junto, rápido, sin transición ni costo político, económico o social. Eso es lo inaudito. Muchas de esas demandas son legítimas como aspiración, pero contradictorias como simultaneidad. No se puede pedir orden fiscal mientras se espera que el Estado gaste como antes. No parece razonable pretender estabilidad y, a la vez, que los precios distorsionados sigan congelados por conveniencia. Tampoco suena racional edificar confianza y en forma concurrente, celebrar cada trampa que debilita la disciplina. No se puede construir normalidad si cada escalón es recibido con sospecha y cada dilación se usa como sentencia condenatoria.

El problema de fondo no es la crítica ya que eso es saludable sino el sesgo de la queja permanente, esa pulsión que transforma cualquier mejora en insuficiente y cualquier aspecto sin cerrar en catástrofe. Hay quienes no analizan el rumbo y sólo buscan confirmar su malestar. Si aparece una señal de orden, ponen foco en el costo. Si se rectifica un desvío, denuncian la velocidad. Si se reducen excesos, piden beneficios y si se avanza en una dirección, esperan que todas las victorias lleguen juntas.

Por supuesto que falta muchísimo, sobre todo que cada éxito se perciba con más claridad en la vida diaria. Es vital que la recuperación llegue a más sectores, que la inversión privada gane volumen, que el empleo formal se expanda, que las empresas respiren con reglas más simples, menos carga burocrática y mayor horizonte. También es clave que los cambios macroeconómicos se conviertan en bienestar tangible y que el propio gobierno explique con mayor pedagogía ciertas medidas y cuide cada detalle en este sendero de transformación sin precedentes.

Pero identificar lo pendiente no implica negar lo logrado. Al contrario, solo se puede plantear discordancias con seriedad cuando se entiende desde dónde se partió, qué se corrigió y cuánto queda por hacer. El país está ante un proceso complejo pero ambicioso y eso requiere mucha paciencia, suficiente consistencia, detectar errores para corregirlos, brindar señales sostenidas y que la sociedad sea capaz de distinguir entre demora y fracaso.

Tal vez la discusión más profunda no sea económica, sino cultural. Argentina se acostumbró a anhelar soluciones fabulosas después de haber tolerado y hasta incentivado durante varios mandatos las verdaderas causas del problema. Pide alivio inmediato, pero muchas veces rechaza la disciplina que lo hace posible. Quiere estabilidad, pero se desespera ante sus costos. Celebra el orden en abstracto, pero se irrita cuando eso toca sus intereses, interpela sus hábitos o altera las expectativas propias.

El verdadero riesgo no es exigir demasiado. Un país debe soñar más. El peligro es creer que los milagros se cumplen por mero deseo, y que esa misma ansiedad puede ayudar sin reconocer progresos. Una sociedad que no sabe valorar avances graduales termina empujando siempre hacia el próximo atajo, y la historia nacional demuestra que ese tipo de ardides suelen prometer alivio, pero invariablemente terminan fabricando nuevas decadencias.

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