¿Quién apretó el botón? El manual del acoso coordinado en redes

Cuando cualquiera de nosotros publica algo en X, abre la puerta para que otros opinen o comenten al respecto. Las cuentas con pocos seguidores pueden pasar completamente desapercibidas — como la mía durante años. Pero quienes tienen una audiencia considerable saben que publicar algo implica, casi inevitablemente, recibir al menos un comentario hostil, un insulto o alguien que llega desde la soberbia a contrariar por contrariar. Gajes del oficio, dirán algunos.

Pero hay una diferencia enorme entre ese ruido habitual y lo que ocurre cuando la hostilidad deja de ser espontánea y se convierte en operación. Cuando los comentarios no llegan de a uno sino de a cientos, todos al mismo tiempo, todos con el mismo tono, todos apuntando al mismo blanco. Cuando lo que recibís no tiene nada que ver con lo que dijiste. Cuando la avalancha empieza justo después de que alguien con muchos seguidores te mencionó.

Eso no es ruido. Es una maquinaria. Quienes la hemos experimentado la reconocemos. Y quienes no la han sufrido aún necesitan entender cómo funciona para identificarla cuando la vean — o cuando la sufran.

El comportamiento de masas: un fenómeno estudiado

En 1895, el psicólogo social francés Gustave Le Bon publicó Psicología de las masas, donde describió con precisión cómo los individuos, al formar parte de una multitud, pierden su capacidad de razonamiento crítico y se vuelven sugestionables, impulsivos y capaces de actos que jamás cometerían solos. Le Bon observó que la masa necesita un líder — alguien que señale el objetivo — y que una vez activada, actúa con una energía destructiva que ninguno de sus miembros tendría individualmente.

Más de un siglo después, el filósofo Byung-Chul Han, en su libro En el enjambre (2014), describió con precisión cómo las redes sociales replican y amplifican exactamente este mecanismo. Han observa que el usuario digital forma parte de lo que llama un “enjambre” — una masa sin rostro, sin identidad estable y sin responsabilidad individual, capaz de concentrar una violencia descomunal sobre un objetivo y dispersarse inmediatamente después, como si nada hubiera ocurrido.

Con una diferencia: la velocidad y el anonimato (mal usado) de las redes hacen que el enjambre digital sea mucho más difícil de identificar — y mucho más fácil de activar.

Lo que Le Bon describió en plazas y calles, Han lo encontró en líneas de tiempo e hilos de comentarios.
Y hay un factor que lo hace aún más peligroso: el algoritmo. Las redes sociales no son neutrales — están diseñadas para amplificar el contenido que genera más reacción. Y nada genera más reacción que la indignación. Cuanto más hostil es un comentario, más lo muestra el algoritmo. Cuanta más gente reacciona, más se amplifica. La plataforma no distingue entre debate y acoso — mide engagement. Y el acoso coordinado es, desde ese punto de vista, contenido de altísimo rendimiento.

El modus operandi: cómo funciona la maquinaria

El acoso coordinado en redes no empieza con un insulto. Empieza mucho antes. Tiene una estructura que, una vez que la conocés, es fácil de reconocer:

Paso 1 — La preparación silenciosa. Antes de que aparezca el primer comentario público, ya existe una organización. Grupos en X, en Telegram o en WhatsApp donde se recopilan videos antiguos y posteos viejos que puedan servir como “carpetazo” — y si no los hay, se recortará contenido existente para fabricar uno. Las capturas de pantalla de comentarios se guardan sin mostrar a qué responden, descontextualizadas por diseño. Todo ese material muchas veces se acumula pacientemente, listo para ser usado como munición en el momento que se elija. Es el equivalente digital de lo que los abogados carroñeros hacen cuando preparan una causa antes de que ocurra el hecho.
El botón todavía no fue apretado, pero todo está listo para cuando suene.

Paso 2 — La señal. Alguien con autoridad dentro del grupo — o con una audiencia grande — menciona al objetivo. No necesita decir explícitamente “ataquen”. Alcanza con señalar. Con un comentario irónico, con una cita descontextualizada. La masa entrenada sabe leer la señal. Le Bon lo llamaba “sugestión”. También se lo conoce como “silbato para perros” — una señal codificada que entienden quienes están entrenados para recibirla.

Paso 3 — La deformación del mensaje y el gaslighting. No importa lo que la persona haya dicho realmente. Se toma un fragmento, se edita, se saca de contexto y se construye sobre eso una narrativa falsa. Pero hay algo más sofisticado que el simple recorte: el gaslighting aplicado a las redes.

El término proviene de la obra de teatro Gas Light (1938), donde un manipulador hace creer a su víctima que está loca alterando su percepción de la realidad. Un ejemplo simple: imaginá que alguien apaga y enciende las luces de tu casa repetidamente y cuando vos decís “algo pasa con la luz”, te dice que estás inventando cosas, que las luces nunca parpadearon, que eso no pasó. Con suficiente insistencia y con suficientes personas alrededor repitiendo lo mismo, empezás a dudar de lo que viste con tus propios ojos. Eso es el gaslighting.
En las redes funciona igual pero a escala masiva: se instala con suficiente insistencia que una persona dijo o hizo algo que nunca dijo ni hizo. Se repite en múltiples cuentas, se comparte en capturas editadas, se menciona como un “hecho conocido”.
El objetivo no es solo atacar — es generar dudas. Que quienes no conocen a la persona empiecen a preguntarse “¿y si es verdad?” o que directamente lo den por información real. Que la propia víctima empiece a dudar de su credibilidad o de sentirse apoyada. Que el entorno se aleje por precaución.

La desmentida no sirve — porque como explicó el lingüista George Lakoff en No pienses en un elefante: lenguaje y debate político (2004), una vez que un marco negativo se instala en la mente del receptor, negarlo lo refuerza.
La operación no busca la verdad. Busca el daño.

Paso 4 — La horda. Una vez activada la señal, los seguidores — a veces amplificados por cuentas automatizadas (pagadas por quienes están interesados en esta clase de operaciones) y perfiles dobles sin actividad real — inundan los comentarios del objetivo con insultos, acusaciones de enfermedad mental, burlas y descalificaciones. No debaten. No argumentan. Su función es instalar más de lo mismo, desgastar, desmoralizar y silenciar.
Por eso es completamente inútil intentar explicar nada a quienes no buscan entender. Las explicaciones te llevarán a un loop donde volverán a repetir el mantra que los líderes del grupo les inculcaron.
El psicólogo Kenneth Westhues documentó este fenómeno en contextos laborales bajo el nombre de acoso en manada — el hostigamiento colectivo con objetivo de exclusión social.

En las redes este fenómeno tiene otro nombre: ataque en avalancha — la concentración masiva y repentina de hostilidad sobre un objetivo. Y tiene otro aliado: la creación artificial de una apariencia de movimiento espontáneo cuando en realidad es coordinado desde un centro de operaciones o de un grupo con interés particular — lo que en inglés se llama astroturfing, en referencia al césped artificial: algo que parece natural pero no lo es.

Lo que muchos no dimensionan es el daño real y duradero que estas operaciones generan. No se trata solo de comentarios que duelen en el momento. Se trata de acusaciones que quedan indexadas en internet — de pedofilia, de enfermedades mentales, de delitos que nunca ocurrieron. Acusaciones que puede leer un empleador, un cliente, un familiar, un conocido. Que aparecen cuando alguien busca el nombre de la persona en Google. Que pueden destruir una reputación, una relación, un trabajo o una carrera construida durante años. Quienes participan de estas operaciones raramente piensan en eso. La masa no mide consecuencias — esa es precisamente una de las características que Le Bon identificó hace más de un siglo. Actúa en el momento, se dispersa y olvida. La víctima, en cambio, carga con el daño durante años.

Paso 5 — La coartada del líder. Cuando alguien señala al líder como responsable, la respuesta es siempre la misma: “Yo no puedo controlar lo que mis seguidores hacen.” Es la coartada de Poncio Pilatos. Pero como demostró el investigador danés Rasmus Kleis Nielsen en sus estudios sobre desinformación coordinada, los líderes de estas operaciones conocen perfectamente el efecto de lo que pueden provocar sus señales — y las calibran con precisión para activar exactamente la respuesta que buscan sin dejar huella directa, para no tener que asumir ninguna consecuencia.

Paso 6 — La bandera falsa. Lo más sofisticado de estas operaciones es que suelen disfrazarse de causas justas. El ataque no se presenta como acoso sino como “defensa de valores”, “respuesta a una injusticia” o “protección de un grupo”. Es el mismo mecanismo que describió Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo (1951): la violencia organizada siempre se presenta como legítima defensa.

Tal como los movimientos woke que levantan banderas nobles para movilizar a sus seguidores, en las redes se construyen causas que parecen justas cuando en realidad son ataques disfrazados contra personas que resultaron inconvenientes para alguien o para un grupo. Cuya finalidad, entre otras cosas, es instalar ese tema en medios y en la opinión publica.

Lo que tiene que ver con la libertad

Uno de los principios fundamentales del pensamiento libertario es el respeto por el proyecto de vida del prójimo. Que cada persona pueda pensar, opinar y vivir según sus propias convicciones sin que una horda decida silenciarla.

El acoso coordinado en redes es la negación exacta de ese principio. No importa lo que la persona piense. No importa si tiene razón o no. El objetivo no es el debate — es la exclusión. Convertir las redes en un calabozo de tortura cibernética donde todo aquel que piense distinto recibe una avalancha de violencia diseñada para que deje de expresarse.

Las redes sociales nacieron como herramienta de libertad de expresión. La maquinaria del acoso coordinado — con su gaslighting, sus señales codificadas, sus ataques en avalancha y sus movimientos artificiales que simulan ser espontáneos — las convirtió en redes antisociales. Y quienes operan con estas estrategias, saben exactamente lo que hacen.

Cómo no alimentar la maquinaria

Frente a este panorama, responder a los insultos es exactamente lo que la operación necesita.
Cada respuesta alimenta el algoritmo, amplifica el alcance y le da visibilidad a quienes están coordinando el ataque. Porque estas personas dependen de esa visibilidad para mantenerse relevantes — son constructores de personajes que necesitan del conflicto para existir. Personajes que no solo instalan operaciones sino que muchas veces se deben a su público, así que también sucede que defienden una “causa” únicamente porque sus seguidores se los reclaman, no porque la causa les importe.
Son figuras que no se sostienen solas, incapaces de crear — necesitan de otros para construir odio y así mantener su imagen pública, llamando la atención.

Y en ese esquema hay una víctima que muchas veces pasa desapercibida: los propios seguidores. Quienes participan del acoso coordinado raramente saben que están siendo usados como herramienta de un objetivo que desconocen. Muchos creen defender algo justo. Creen actuar por convicción. Pero son, en los términos que usó Le Bon hace más de un siglo, masa en estado puro: sugestionable, dirigida y descartable cuando ya no sirve.

La próxima vez que veas una avalancha de comentarios idénticos sobre alguien, preguntate quién apretó el botón.
Reconocer el mecanismo es el primer paso para no ser ni víctima ni cómplice.

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