La política argentina es el arte del transformismo profesional, una puesta en escena donde el mercenario no cambia de ideas, sino de cliente. Nos preguntamos con escepticismo si quien ayer defendía el saqueo estatal hoy puede abrazar la libertad con honestidad, pero esa pregunta es una trampa. No importa si la conversión es real o si es solo una fachada para conservar el cargo y la caja; lo que importa es que el sistema actual sigue premiando al camaleón. Mientras la política sea una carrera de favores y decisiones discrecionales, el parásito encontrará la forma de sobrevivir. La verdadera revolución no consiste en encontrar funcionarios más éticos que resistan la tentación, sino en construir un sistema que sea, por diseño, inmune a la ambición humana.
Una transformación incisiva requiere de una paradoja que significaría ganar el poder con el único fin de destruirlo. No se trata de gobernar mejor que los anteriores, sino de desmantelar la estructura que permite que cualquier gobierno, del signo que sea, nos tiranice.
El objetivo final de un líder que realmente crea en la libertad debe ser su propia irrelevancia. Si logramos pasar de la interpretación del burócrata a la ejecución del algoritmo, el negocio de la política se termina. Imaginar funciones administrativas regidas por contratos inteligentes, donde el presupuesto se ejecute sin la firma de un ministro y donde no haya margen para el peaje o la militancia rentada, es el único camino para vaciar de mercenarios las oficinas públicas. Sin “caja” para repartir, el político profesional se retira por falta de incentivos.
Esta reingeniería nos obliga a repensar la democracia para 44 millones de personas bajo un modelo federal que deje de ser un pacto de caballeros entre gobernadores. La tecnología hoy permite una democracia de veto directo, donde el ciudadano no solo elija un nombre cada dos años, sino que decida en tiempo real el destino de sus recursos. Un federalismo de competencia, donde las provincias luchen por atraer ciudadanos ofreciendo eficiencia y libertad, rompe la dependencia de la coparticipación y el látigo central. Al final del día, la libertad no va a llegar de la mano de un “mejor funcionario”, sino de un sistema que haga que el funcionario sea, por fin, innecesario. La revolución definitiva no es cambiar de amo, es eliminar la posibilidad de que alguien pueda volver a pretender serlo.

Estudiante de abogacía, interesada en la teoría del derecho y la libertad individual.
(Córdoba)