Arte Potus Amarillo con Grok
Desde que Javier Milei asumió la Presidencia de la Nación, elegido democráticamente por una mayoría clara del pueblo argentino en las urnas, una parte importante del periodismo local no ha dejado de demostrar un odio visceral, profundo y sistemático hacia ese mismo pueblo que se atrevió a votar por el cambio.
No es un odio declarado abiertamente, claro. Se disfraza de “crítica”, de “defensa de la democracia” o de “preocupación por las instituciones” de “libertad de expresión”. Pero en los hechos es puro desprecio: hacia la decisión soberana de millones de argentinos que, cansados de décadas de decadencia, estatismo y empobrecimiento, eligieron un presidente libertario.
El artículo de La Nación del 7 de abril titulado “El intenso odio de Milei al periodismo” es un ejemplo perfecto de esa línea.
Se concentra en las formas, en los insultos, en las respuestas airadas del Presidente, pero evita mirar al espejo y preguntarse: ¿por qué Milei reacciona así? ¿Qué hizo el periodismo para generar esa desconfianza masiva?
En lugar de reflexionar sobre su propia responsabilidad, prefieren victimizarse y presentar al Presidente como un peligro para la “libertad de prensa”.
Mientras tanto, ignoran o minimizan el hecho central: Milei es el presidente legítimo elegido por el pueblo.
El periodismo dominante (ese que se autoproclama “independiente” pero actúa en bloque) se ha especializado en mentir, distorsionar y ensuciar sistemáticamente no solo la gestión de Milei sino también, cuanto detalle personal, humano y espiritual pudieron.
Inflación heredada, ajuste brutal necesario tras años de populismo, desastre inevitable tras el festín kirchnerista: todo se presenta como fracaso exclusivo de Milei, sin contextualizar la herencia recibida.
Cada dato positivo —baja de inflación, superávit fiscal, reservas creciendo, apertura de mercados, nuevas inversiones que generarán más trabajo— es minimizado, relativizado o directamente silenciado.
Se concentran en el insulto personal (“loco”, “autoritario”, “odiador”, “delirante”), pero no piensan en los motivos que ellos mismos generan con su militancia opositora disfrazada de información.
El libertarianismo de Milei es, en su esencia más pura y simple, el respeto profundo al proyecto de vida del otro. Es dejar que cada argentino decida cómo vivir, gastar, producir e invertir su propio dinero sin que el Estado se lo arrebate.
Pero ese respeto no implica silencio cuando otro lo agrede.
No significa callarse cuando un sector del periodismo no respeta el proyecto de vida de la mayoría que votó por él.
Votarlo fue precisamente eso: un proyecto colectivo de cambio, de libertad, de terminar con el modelo que nos llevó a ser el país con más inflación del mundo y con la mitad de la población bajo la pobreza.
Cuando mienten descaradamente sobre eso, no están ejerciendo periodismo: están boicoteando la voluntad popular.
Peor aún: hay evidencias crecientes de maniobras poco transparentes. Aceptar dinero de gobernadores opositores a través de pautas publicitarias millonarias (muchas veces discrecionales), mientras critican ferozmente al gobierno nacional que recortó la pauta oficial.
Y más grave: las investigaciones recientes sobre la red “La Compañía”, vinculada a intereses rusos, que revelan pagos por cientos de miles de dólares a medios y portales argentinos para publicar contenidos críticos contra Milei.
Artículos pagados, en algunos casos firmados por “periodistas fantasma” —nombres falsos o inventadas— que destilaban odio y desinformación sistemática. Y no hablemos de las piruetas que han hecho los periodistas de los medios involucrados para intentar dibujarle a los televidentes como una virtud la traición a la Patria que nos hicieron.
Sí, porque aceptar dinero de inversores extranjeros para operar odio contra tu presidente, es ser un golpista sedicioso sin importar si gobierna Milei o cualquier otro.
Solo un periodismo cegado por el odio al pueblo puede participar (o al menos no investigar con rigor) en operaciones de este tipo.
Porque el verdadero desprecio al pueblo argentino está ahí: en mentirle sistemáticamente.
En saber que millones de personas invierten su tiempo de vida —el bien más escaso que tenemos— leyendo sus notas, viendo sus programas, confiando en sus análisis, y responder a esa confianza con distorsiones, omisiones y operaciones.
¿Qué mayor odio puede haber hacia un pueblo que, teniendo acceso a la información, es deliberadamente malinformado?
Informar mal no es un error técnico: es una falta de respeto profunda a la inteligencia y la soberanía popular.
Milei no inventó el rechazo ciudadano a los medios. Ese rechazo ya existía. Lo que hizo fue verbalizarlo sin filtros, como hace con casi todo. Y la gente lo entiende. Por eso, cuando habla de “basuras mentirosas”, “ensobrados” o “periodistas que envenenan la vida de la gente con mentiras”, resuena en la inmensa mayoría de argentinos.
No porque la gente sea fanática, sino porque ha visto durante años cómo ciertos medios defendieron el modelo que nos hundió, atacaron a quienes lo cuestionaban y ahora no toleran que el pueblo haya dicho “basta!”.
El periodismo tiene todo el derecho de criticar al gobierno. Es el papel que eligen jugar. ¡Que distinto sería todo si en lugar de patear en contra de cada logro usaran los medios de comunicación para difundir más las virtudes de los argentinos! ¡Imaginate los medios difundiendo las cualidades de un pueblito perdido para que turistas y empresarios se interesen en esa zona!
Que distinto sería todo si los periodistas dejasen de ser prostitutas de la información y fuesen verdaderos embajadores de la comunicación militando en favor del pueblo argentino.
Pero no. Elijen jugar a la critica que en la mayoría de los casos es sesgada e injusta.
Y si, tienen derecho a criticar a este gobierno. Todos tenemos libertad de expresión para decir lo que queramos. Pero el periodismo no tiene derecho a actuar como partido político de oposición con credencial de prensa, financiado por oscurantistas, inventando narrativas y luego llorar cuando el Presidente —y gran parte del pueblo— les responde con la misma moneda.
El odio real al pueblo argentino no viene de Milei. Viene de quienes no aceptan que el pueblo eligió un camino distinto y harán todo lo posible, incluso aliándose con intereses extranjeros, para intentar que fracase.
El pueblo argentino ya eligió. Y cada vez que un medio miente, no ataca solo a Milei: ataca la decisión soberana de este pueblo. Ese es el verdadero “intenso odio”.

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