Hoy, 8 de abril de 2026, The New York Times publicó un extenso reportaje en el que concluye que Adam Back, científico informático y criptógrafo británico de 55 años, es Satoshi Nakamoto, el creador pseudónimo de Bitcoin.
Sin embargo, el propio Adam Back respondió de inmediato en X con claridad meridiana:
«No soy Satoshi, pero estuve temprano con un enfoque láser en las implicaciones sociales positivas de la criptografía, la privacidad en línea y el efectivo electrónico, por eso mi interés activo desde ~1992 en investigación aplicada sobre ecash, tecnologías de privacidad en la lista de cypherpunks que llevó a Hashcash y otras ideas.»
Explicó que las coincidencias que señala el diario se deben a su participación temprana en las listas de cypherpunks y a su trabajo en Hashcash, y reiteró que no sabe quién es Satoshi y que, en su opinión, es mejor para Bitcoin que siga siendo así.
Ante esta negación explícita y directa, surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué los grandes medios de comunicación se sienten con derecho a exponer la intimidad de una persona, incluso cuando esa persona ha elegido —o ha mantenido— el anonimato durante diecisiete años?
Bitcoin nació precisamente en modo anónimo. Satoshi Nakamoto publicó el whitepaper en 2008 y desapareció en 2011 sin revelar jamás su identidad. Esa decisión no fue capricho ni cobardía: fue parte esencial del diseño.
El protocolo se construyó para funcionar sin un líder visible, sin un rostro que pudiera ser coaccionado, comprado o amenazado. El anonimato del creador fue, desde el primer día, una declaración de principios sobre descentralización, privacidad y resistencia al poder.
Si los propios autores (o autor) de Bitcoin quisieron permanecer en el anonimato, ¿qué justificación moral o periodística tiene un medio para invertir recursos, tiempo y prestigio en “desenmascararlos”? ¿Dónde termina la legítima investigación periodística y comienza el avasallamiento de la intimidad de un ciudadano?
La libertad de expresión es un pilar fundamental, pero no es absoluta ni está por encima de otros derechos.
Un ciudadano común —aunque sea un destacado criptógrafo— tiene derecho a decidir cómo se presenta ante el mundo. Tiene derecho a que su vida privada no sea convertida en titular sensacionalista. Tiene derecho a que su deseo de anonimato sea respetado, especialmente cuando ese anonimato no daña a terceros y, de hecho, forma parte de la esencia misma de la innovación que creó.
Exponer a alguien contra su voluntad no es “periodismo de investigación”. Es, en muchos casos, simple chimento mediático disfrazado de búsqueda de la verdad.
Y cuando se hace con una figura que ha contribuido decisivamente al nacimiento de una tecnología que precisamente defiende la privacidad financiera y la soberanía individual, el contraste resulta aún más hiriente.
Bitcoin no necesita un rostro. Bitcoin necesita que se respete el espíritu con el que nació: descentralizado, resistente a la censura y, sí, anónimo cuando sus creadores así lo decidieron.
Los medios harían bien en recordar que la libertad de prensa no otorga licencia para pisotear la libertad de las personas. Si Satoshi quiso ser un enigma, la sociedad —y los periodistas— deberían tener la madurez suficiente para respetar ese deseo.
Spoiler: Satoshi somos todos.

Creadora de PotusAmarillo.com Paleolibertaria.
Ultra fundamentalista de datos serios. También emprendedora.
(CABA- Argentina)
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