Mi viejo decía: “del burro no podés esperar más que una patada”…
El presidente Javier Milei — economista especialista en crecimiento económico con y sin dinero — y Demian Reidel — físico y economista argentino — publicaron un paper académico. Se llama “Minimum Viable Scale: Extinction and Escape under Increasing Returns” y arranca con una pregunta simple: ¿puede una economía ser demasiado chica para sobrevivir?
La teoría económica tradicional dice que no. Que la escala no importa. Que todos los países convergen y se alcanzan entre sí eventualmente.
El paper demuestra que eso es falso.
Qué dice el paper
Imaginate que durante 1.800 años el sueldo promedio de una persona no se movió casi nada. Un campesino de la época del Imperio Romano y uno del siglo XVII vivían materialmente casi lo mismo. De repente, hace apenas dos siglos, algo cambia y los ingresos empiezan a subir con fuerza y no paran más. Los economistas llaman a esa figura “el palo de hockey” — porque si la graficás, parece exactamente eso: una línea plana que de golpe sube.
¿Qué fue lo que cambió?
La forma de producir. Adam Smith lo vio en 1776 en una fábrica de alfileres. Diez obreros trabajando solos no habrían hecho ni veinte alfileres diarios cada uno. Pero divididos en dieciocho operaciones especializadas, producían cuarenta y ocho mil. Eso es lo que los economistas llaman “rendimientos crecientes”: cuando más gente trabaja junta y de forma organizada, el resultado es mucho más que la suma de cada uno por separado. Más escala produce más, no menos. Y ese es el motor de todo el progreso de los últimos dos siglos.
El problema es que la economía que se enseña en las universidades de todo el mundo parte del supuesto contrario: que a mayor escala, los resultados son cada vez menores. ¿Por qué enseñan algo que la realidad desmiente? Porque con ese supuesto los modelos matemáticos son más fáciles de resolver. Cuando la realidad no coincide con el modelo, los economistas no descartan el modelo — le echan la culpa a la realidad y la llaman “falla de mercado”. Y cada falla de mercado se convierte en una excusa para que el Estado intervenga y regule.
Milei bautizó esto “la trampa neoclásica” en su libro de 2024. El paper es la salida de esa trampa: en lugar de amputar la realidad para que entre en el modelo, construyeron mejor matemática para resolver el modelo real.
¿Y qué encontraron? Tres conclusiones que tienen consecuencias directas para entender por qué los países prosperan o colapsan:
Primera: toda economía tiene un tamaño mínimo para existir. Por debajo de ese piso el colapso no es un riesgo ni una posibilidad — es un teorema matemático. No importa lo que hagas: si caés por debajo de ese umbral, no hay vuelta. Los modelos tradicionales directamente no pueden ver esto porque parten de supuestos que lo hacen invisible.
Segunda: dos cosas pueden empujar a un país hacia ese abismo.
-La primera es perder la cultura del trabajo. Cuando una sociedad deja de valorar el esfuerzo — cuando trabajar deja de ser algo respetado, cuando el Estado premia no trabajar — la economía se debilita y el piso mínimo para sobrevivir sube. Es como si el suelo se te fuera acercando a los pies.
-La segunda es el exceso de regulación. Cada vez que el Estado mete una traba entre lo que una persona hace y lo que recibe a cambio, le saca un pedacito a la economía. Lo difícil de entender — y lo más peligroso — es que ese achicamiento no da señales de aviso. Una economía puede absorber cien trabas sin drama visible. Y desaparecer con la ciento una.
Tercera: en los modelos tradicionales todo cambia de forma suave y gradual — como bajar una rampa. Acá no: el colapso puede llegar de golpe, sin escalones intermedios. Una sola decisión de política equivocada puede ser la que gatille el derrumbe.
La conclusión es la que Milei viene sosteniendo desde antes de ser presidente: la batalla cultural — recuperar el valor del trabajo — y la desregulación no son frases hechas ni consignas ideológicas. Son, matemáticamente, cuestión de supervivencia. Ahora tienen un teorema detrás.
Leí el resumen de divulgación que prepararon los propios autores. No el paper técnico completo. Y con eso ya alcanza para entender de qué se trata — y para entender por qué molesta tanto.
Y entonces llegó la patada del burro
No lo refutaron. No discutieron los modelos. No cuestionaron los teoremas. No aportaron nada
Tomaron un detalle: que usaron inteligencia artificial para editar y corregir el texto. Y con eso intentaron tirar abajo el trabajo entero.
El propio Reidel lo aclaró: usaron IA para mejorar el estilo, evitar repeticiones, pulir la prosa. Como hace cualquiera hoy. Los resultados, los teoremas, las demostraciones — eso no lo puede escribir ninguna IA porque no existían antes. Son nuevos. Es exactamente lo contrario al plagio.
Dicho sea de paso uno de los usuarios de X le respondió a uno de los críticos que pasó su propio artículo por el mismo detector de IA que usaron para acusar a Milei. Resultado: 74% generado por IA. El artículo lo había escrito él solo. Sí, cualquiera puede confirmar que el detector es basura. La acusación, también.
Pero eso no importa. Nunca importa el fondo. Lo que importa es el anzuelo para que la manada repita haciendo honor a Goebbels. Importa tener una excusa para ningunear.
La izquierda no puede cuestionar ideas porque no tiene ideas propias que funcionen. Entonces cuestiona personas. Busca el error de tipeo, la cita mal puesta, el detector de dudosa reputación, y con eso busca difundir el relato de que Milei es un fraude.
Es envidia. Es resentimiento. Es odio político que les impide ver más allá de quién lo dice.
Eso es lo que nos tiene estancados como país hace décadas. No la falta de ideas. La incapacidad de evaluar una idea independientemente de quién la propone. Si lo dice “el contrario” tiene que ser malo. Si lo dice “el nuestro” es genial. Así no se construye nada. Así no se aprende nada. Así no se progresa.
No necesito estar de acuerdo con todo lo que hace alguien para reconocer que una idea específica es buena. Eso se llama madurez intelectual. La izquierda necesita la polarización porque sin ella no tiene nada que ofrecer.
Sobre la IA: para mí es como una licuadora. Cualquiera puede tenerla. Pero lo que determina el resultado no es la licuadora — son los ingredientes y las proporciones exactas. Todos tenemos acceso a las mismas herramientas. No todos saben qué poner adentro. Usar IA para corregir un paper de matemática avanzada que demuestra teoremas nuevos no es trampa. Es sentido común.
En la historia siempre hubo grupos de interés que se opusieron al progreso. Los vendedores de velas no querían la electricidad. Los dueños de carruajes no querían el auto. Los fabricantes de máquinas de escribir no querían las computadoras. El progreso fue inevitable igual.
Hace tiempo unos cuantos venimos diciendo que Milei no solo está arreglando el país sino que está enseñando al mundo cómo hacerlo para que otros no sufran lo mismo que hemos sufrido los argentinos. Este paper es exactamente eso: el andamiaje teórico detrás de todo lo que viene haciendo. La prueba de que la batalla cultural y la desregulación no son caprichos — son matemática.
Aunque los burros tercos hagan lo que siempre hacen, patear.
Pero hay algo que la izquierda no termina de entender: gran parte de este mundo ya despertó. Hay seres humanos — cada vez más — que debaten ideas y no personas. Que pueden leer un paper, evaluar un argumento y decir “esto es correcto” o “esto está mal” sin necesitar saber primero de qué tribu viene quien lo escribió.
Eso es lo que engrandece a las naciones: las ideas que las impulsan. No los fantasmas que recicla el populismo para perpetuarse. No el resentimiento de necesitar siempre a alguien a quien odiar.
El mundo que viene está debatiendo ideas. No necesita fanáticos ni enemigos para existir. No se alimenta del odio ni del resentimiento ajeno. No mide su valor por cuánto destruye sino por cuánto construye.
El mundo que se quedó atrás es el que sigue necesitando a alguien a quien odiar para sentir que existe. Ese mundo ya fracasó — aunque los que viven de él se nieguen a soltarlo.

Creadora de este diario libre de pauta y ad honorem · Paleolibertaria · Emprendedora · CABA, Argentina.
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