“Ni siquiera saben qué es el fascismo”: Bertie Benegas Lynch y la hipocresía de llamar fascista a un libertario

La izquierda llama fascistas a quienes defienden las ideas de la libertad. No porque lo crean sino porque no pueden debatir las ideas. Y cuando no podés debatir, necesitás censurar. Y para censurar, primero tenés que deslegitimar.
Esa es la hipocresía como estrategia global que vemos tanto en Argentina, como en España y en cualquier otra parte del mundo.

El diputado Bertie Benegas Lynch lo explicó en un minuto:

¿Se dieron cuenta que los socialistas dicen que somos fascistas, que tenemos discursos de odio? En realidad es para no reconocer que lo que no les gusta son nuestras ideas y necesitan censurarlas. Son incapaces de debatir ideas. Ni siquiera saben qué es el fascismo, porque no saben de historia. Son incapaces de agarrar un diccionario o mirarse al espejo y ver que son ellos los que han apoyado regímenes de opresión y muerte.
En este sentido, el comunista es mucho más frontal y honesto que el socialista, porque te dice el comunista abiertamente que van a arrasar con el individuo, que van a arrasar con su propiedad para cooptarlos desde el Estado. El socialismo, por otro lado, te deja que tengas tu título de propiedad, pero a través de regulaciones, impuestos, tasas y otras intervenciones expropiatorias, de facto la propiedad no es tal, termina siendo del Estado y una sola ficción. Recordemos que todo colectivismo termina en la pobreza económica, religiosa, cultural y en la peor degradación social, además de haber masacrado a 150 millones de personas.
Bertie Benegas Lynch

La proyección como herramienta

Bertie me dejó pensando…
Puede que me equivoque pero hay un mecanismo psicológico conocido como proyección: atribuirle al otro exactamente lo que uno mismo hace. La izquierda lo convirtió en estrategia política. Si acusás a tu adversario de lo que vos hacés antes de que él pueda señalártelo, invertís la carga de la prueba. El que defiende la libertad queda en posición de tener que demostrar que no es fascista, en lugar de la izquierda tener que demostrar que no apoyó regímenes que masacraron poblaciones enteras.

La repetición constante de esa acusación — en medios, en redes, en grupos de militancia — tiene un efecto concreto: la gente la repite sin detenerse a pensar qué significa. Fascismo pasa a ser un insulto vacío que significa “alguien con quien no estoy de acuerdo”. Y cuando una palabra pierde su significado, también pierde su capacidad de advertirnos sobre el peligro real.

Lo más grave de esa banalización es lo que borra: el fascismo no fue solo una doctrina política.
Fue uno de los capítulos más oscuros de la historia de la humanidad. Un sistema que sometió poblaciones enteras a la voluntad del Estado, que anuló al individuo en nombre de la nación, que convirtió la diferencia en amenaza y la disidencia en crimen. Nombrarlo a la ligera, como insulto o normalizarlo como un adjetivo de red social, es una falta de respeto a quienes lo sufrieron y una pérdida colectiva de memoria que nos hace más vulnerables a repetir lo que no entendemos.

¿Qué es el fascismo?

El fascismo es una ideología colectivista de carácter autoritario que surgió en Europa a principios del siglo XX. Sus características doctrinales centrales son:

— El Estado por encima del individuo. El fascismo no reconoce derechos individuales previos al Estado
— El individuo existe para servir a la nación, no al revés.
— El nacionalismo extremo como identidad. La nación o la raza como unidad superior que justifica cualquier medio.
— El rechazo al liberalismo, desprecio por la libertad individual.
— La economía completamente controlada por el Estado. No mediante la propiedad estatal directa como en el comunismo, sino mediante la regulación total de la propiedad privada.
— El culto al líder y la supresión de la disidencia. Campos de tortura y matanzas normalizados.

En el alma humana, el fascismo opera destruyendo lo más específicamente humano: la capacidad de pensar por uno mismo, de disentir, de elegir. Convierte a las personas en engranajes de una maquinaria colectiva. Y lo hace apelando a los instintos más primitivos — el miedo, la pertenencia tribal, el enemigo externo, para anular la razón individual.

El libertarianismo es exactamente lo opuesto

Llamarle “fascista” a un libertario no es solo un insulto, es una demostración de una ignorancia tremenda. Es el equivalente a llamarle “puta” a la Madre Teresa de Calcuta, o llamar “piedra” al “aire”, o decirle “gallina” a un fan de Boca Juniors. Es realmente un absurdo sin lógica ninguna, más allá de usarlo como un insulto.

El libertarianismo parte de un principio que es la negación absoluta del fascismo: el individuo es soberano. Ningún Estado, ninguna nación, ningún colectivo tiene derecho a usar la fuerza contra vos. Tu vida, tu propiedad y tus decisiones te pertenecen a vos — no al gobierno, no a la mayoría, no a ningún líder.

Donde el fascismo pone al Estado por encima del individuo, el libertarianismo pone al individuo por encima del Estado.
Donde el fascismo usa la fuerza para modelar la sociedad, el libertarianismo rechaza cualquier uso de la fuerza que no sea defensa propia.
Donde el fascismo suprime la disidencia, el libertarianismo la defiende como condición de existencia de una sociedad libre.

Llamarle fascista a un libertario es como llamarle carcelero al que abre las puertas. Es llamarle tirano al que defiende que nadie puede mandarte. Es, en términos de Bertie, no saber qué es el fascismo y tampoco saber qué es el libertarianismo.

La ignorancia de ese insulto no es inocente. Revela algo más profundo: que quien lo lanza nunca se detuvo a pensar en el significado de ninguna de las dos palabras. Solo repite lo que escuchó en su grupo de militancia, que lo escuchó de otro, que lo leyó en un tuit, que lo copió de un comunicado. Así funciona la máquina de la desinformación colectiva: sin anáisis, sin pensamiento, sin vergüenza.

Lo que Ayn Rand ya sabía

Bertie buscando ejercitar las neuronas de quienes miramos el video, lanza la idea “el comunista es mucho más frontal y honesto que el socialista“. Y yo me acordé de una cita de Ayn Rand, décadas antes de que decirle “facho” un libertario se convirtiera en la estrategia comunicacional de la izquierda global, ella dijo:

“No hay diferencia entre comunismo y socialismo, excepto en la manera de conseguir el mismo objetivo final: el comunismo propone esclavizar al hombre mediante la fuerza, el socialismo mediante el voto. Es la misma diferencia que hay entre asesinato y suicidio.”

La diferencia no es de valores, es de método. Y hoy, el método más peligroso es el que viene disfrazado de democracia.

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