Las palabras tienen peso. Algunos periodistas lo olvidaron.

Hace un tiempo, alguien me desafió a no insultar en mis redes. Tampoco es que insultaba demasiado pero el punto del desafío era no caer en lo facilista de la reacción. A pensar antes de publicar si mis palabras eran dignas.

Ese desafío me cambió.

Lo que empezó como un ejercicio de templanza se convirtió en algo que no esperaba: un diario. El re diseño de Potusamarillo.com nació de esa decisión. No soy periodista. No tengo título universitario en comunicación ni redacción periodística. Pero tengo algo que creo que -para algunas personas- vale en este momento: la convicción de que si voy a decirle algo a mis lectores, ese algo tiene que ser verdadero.

Por qué empecé a hacer esto diferente

Desde siempre mi cuenta de X fue seria para lo que publico en tono de investigación, al buscar fuentes primarias, al leer Boletines Oficiales, al verificar antes de publicar, me di cuenta de algo incómodo: lo que hacía no era fácil pero tampoco era tan difícil. Era simplemente más lento. Requería más tiempo que el titular impactante, más esfuerzo que el uso del potencial, más paciencia que la acusación lanzada antes de tener confirmación.

Y sin embargo, la mayoría del periodismo argentino elige la velocidad por encima de la verdad. No porque los periodistas sean malos — muchos son personas inteligentes con años de formación. Sino porque el sistema en el que operan premia la primicia y castiga la espera. Premia el impacto y mira para otro lado frente al error. Premia el título que genera clics e ignora la nota rigurosa que nadie lee porque no tiene adrenalina.

En Potus Amarillo elegí lo segundo. Y lo elegí a sabiendas de que sacrificaría velocidad, ser los primeros y ese placer inmediato de publicar antes que nadie.

Cómo organizamos lo que publicamos

Una cosa que aprendí en este camino es que no toda escritura es lo mismo — y mezclarlas es uno de los grandes problemas del periodismo actual.

En Potus Amarillo tenemos una distinción clara. Las notas que buscan informar las escribimos con la mayor objetividad posible, sin fanatismos, sin agendas: simplemente contando los hechos que no se cuentan, con las fuentes que los respaldan. No importa si el protagonista es alguien a quien admiramos o alguien con quien no coincidimos — los hechos son los hechos y se cuentan como son.

Las opiniones tienen su lugar propio: en la sección “Opinión”, cuando son del equipo del diario, o en “Columnistas”, cuando son de colaboradores externos que escriben desde su perspectiva personal. Ahí sí hay punto de vista y está explicitado como tal. El lector sabe que está leyendo una “opinión”, una mirada, no un relato de hechos.

Esa distinción parece obvia. En el periodismo argentino actual, casi no existe.

Lo que aprendí verificando

Desde que me tomé en serio la tarea de informar con fuentes, entendí algo que antes solo intuía: no hay que confundir tibieza con prudencia.
Esperar unas horas/días para tener confirmación de una noticia no es ser tibio.
No difundir algo porque la fuente no es confiable no es cobardía.
No difundir algo que otro difunde si no se si es cierto no es apoyar menos.
Releer un dato antes de publicarlo no es inseguridad.
Es respeto — por los lectores, por los involucrados y por las propias palabras. Y esto vale también para quienes escriben en X sin ser un diario.

Porque las palabras tienen consecuencias. No solo las legales — las demandas, las querellas, los juicios por calumnias e injurias que algunos enfrentan cuando van demasiado lejos. También las otras consecuencias. Las que no van a juicio humano pero pesan igual en el alma: la pérdida de credibilidad, la responsabilidad de haber generado odio innecesario en otros, el daño que no se puede deshacer aunque se borre el tweet. Todo eso no es gratis, aunque parezca que no tiene consecuencias.

Un titular falso que circula durante horas antes de ser desmentido ya hizo su trabajo. El desmentido llega tarde y llega solo. El daño queda.
Un renglón sacado de contexto para manipular a otros ya hizo su trabajo generando odio. La defensa nunca tendrá la misma visibillidad que la que logran cuentas grandes y aunque aclares o borres, el daño queda. Y la parte que muchos no saben es que también: todo te volverá cuando obres mal.

Por qué los periodistas se perdieron

No creo que sea mala fe en todos los casos. Creo que en algún punto del camino, el periodismo argentino olvidó una distinción fundamental.
No es lo mismo preguntarse por qué digo lo que digo que preguntarse para qué lo digo.

El por qué lleva a la justificación — tengo fuentes, me lo dijeron, es lo que circula, todo el mundo lo sabe.
El para qué lleva a la responsabilidad — ¿qué efecto va a tener esto en quien lo lea? ¿Es necesario publicarlo ahora? ¿Tengo la certeza suficiente para poner mi nombre en esto? ¿Si alguien importante que me lee lo comparte y hay errores, cuáles serían las consecuencias?

Cuando el periodismo se mueve por el por qué y olvida el para qué, se convierte en una herramienta de amplificación — de rumores, de operaciones, de agendas ajenas. No de información.

Lo que hacemos acá

La regla es simple: si no tengo una fuente seria, no publico. Si no tengo información respetable, no difundo. Si voy a contarle algo a mis lectores, tengo que tener las fuentes para respaldarlo.

Eso implica que a veces llego tarde. Que a veces dejo pasar una nota que otros publicaron y que resultó ser cierta. Que a veces mis lectores leen algo en otro lado antes de leerlo acá.
Lo acepto. Prefiero eso a publicar algo que después no puedo sostener.

Aunque ahora que lo pienso, también se dio que varias veces llegué primero y que otros medios hablaron de mis hallazgos sin citar la fuente, como si la P de Potus tuviera alguna peste. Lo sé, lo sé, cosas que pasan entre tanto “síndrome de Procusto”.

Pero volviendo al tema, el presidente Milei publicó hoy una reflexión sobre el periodismo y la libertad de expresión que comparto en su punto central: la libertad exige responsabilidad. No como concepto abstracto, como práctica concreta. Como decisión que se toma cada vez que uno tiene algo en las manos y se pregunta si publicarlo o esperar.

Yo elijo esperar cuando hace falta. Elijo verificar aunque lleve más tiempo. Elijo que mis lectores confíen en lo que leen acá — y eso vale más que cualquier primicia.

Las palabras son bellas cuando dicen la verdad (o se le acercan honestamente). Cuando pesan. Cuando quien las escribe se hace cargo de ellas.

Eso es lo que intento hacer acá.
Todos los días.

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