Manual de supervivencia para el Ciudadano Modelo (o sea, un Pelotudo)
Sí, hablo con vos. No mires para los costados, que no hay nadie más. Lo primero que hace este texto es agredirte, y si te preguntás por qué, felicitaciones: tuviste un chispazo de sinapsis. Pero acá va la respuesta científica: porque hace milenios, cuando un ancestro tuyo —probablemente igual de dócil— aceptó que otro tipo dijera “esto es mío y si querés existir me debés algo”, nació la relación de poder más exitosa de la historia.
Con el tiempo, para que no duela tanto, la hicieron “digerible”. Le pusieron moños, discursos y nombres lindos. Porque seamos sinceros: vos sos un pelotudo, y el poder siempre es de otro. Esa fantástica estafa evolucionó hasta lo que hoy llamamos democracia en los países “serios”. Ponele.
El Teorema de la Mandarina
Como pasó tanto tiempo y el sistema se volvió un laberinto de burocracia diseñado para marear ratones, terminaste aceptando lo inaceptable. Ahora te fumás que un iluminado te explique que hay que pagar un Impuesto a la Mandarina, porque la cáscara interfiere con la vibración molecular del acero nacional. El impuesto, claro, financia el “Fondo de Compensación de Metales Citricodependientes”.
Y como sos un pelotudo —y esto lo dice el político de tu color favorito, ese que usás como escudo emocional—, aplaudís con un fervor casi religioso. Pero, ¡momento! Aparece el político del color de enfrente, el que te cae mal, y te dice que el impuesto es un robo… porque en realidad el problema siempre fue la naranja. Y ahí vas vos, renovando tu suscripción a la estupidez, cambiando de aplauso pero manteniendo la misma cara de nada. El mundo gira, y vos seguís siendo el combustible de una calesita que no maneja nadie.
La Gran Caja Mágica (que no existe)
Lo que nunca te preguntaste —porque requiere un esfuerzo que tu dieta de slogans no te permite— es: ¿a dónde va la guita? El pelotudo promedio responde con la boca llena de orgullo: “A las arcas del Estado”. Y ahí aparece alguno con media neurona encendida y pregunta: “¿Y qué son las arcas del Estado?”. “Bueno, es… el lugar donde se junta todo, la caja común”, responde el primer pelotudo al segundo, mientras ambos flotan en una nube de ignorancia compartida.
Acá viene la parte donde dejas de reírte: El dinero del Estado no va a una bóveda mágica custodiada por ángeles republicanos. Va a un banco. Sí, a una cuenta bancaria común y corriente, igual a la tuya pero con más ceros. Tu esfuerzo, tu sudor y tu Impuesto a la Mandarina es una triste transferencia electrónica a una cuenta que, supuestamente, es “de todos”. Si es de todos, ¿me estoy transfiriendo a mí mismo? ¿Soy mi propio mecenas o soy mi propio estafador?
La Transparencia es un Riesgo (para ellos)
Entonces, si realmente buscamos transparencia y no solo hashtags pedorros, ¿por qué no pedimos acceso a esas cuentas? ¿Por qué, como sociedad de pelotudos profesionales, no exigimos ver los movimientos bancarios del Estado en tiempo real? ¿Hay algo que ocultar bajo la alfombra de la “soberanía”?
Acá es donde salta el “pelotudo ilustrado”, el que entendió el juego y se pone el traje de abogado del diablo:
“No, pero eso es peligroso… ¿quién va a leer eso?… ahí hay datos sensibles… es técnicamente imposible manejar ese volumen de datos… ponés en riesgo la seguridad nacional”.
Bla, bla, bla. Excusas de terciopelo para que no veas cómo se reparten la torta. Cualquier sistema informático moderno puede transparentar esos datos en un segundo. Vos lo sabés, y el tipo que inventa las excusas también lo sabe. Pero es más fácil mantener al rebaño discutiendo por la mandarina.
Un Pequeño Paso para el Pelotudo
Bueno, mi parte está hecha. Ahora les toca a ustedes, el glorioso ejército de pelotudos. Si quieren dejar de ser el chiste de la fiesta, militen esta idea. Pero no empiecen por la macroeconomía global, empiecen por lo que tienen cerca y que todos juran que es “sagrado”: la universidad.
Tomemos a la UBA, por ejemplo. Sus cuentas se nutren de partidas presupuestarias nacionales. Es decir: el Estado transfiere de una cuenta a otra. Después, la universidad paga sueldos, escobas y tóners haciendo… ¡adivinaste! ¡Transferencias bancarias!
Si son todos tan honestos, tan éticos y tan defensores de lo público, militen para que tengamos acceso al homebanking de la institución. Queremos ver los movimientos, los destinatarios y las fechas. Sin intermediarios, sin relatos.
Arranquemos por algo chiquito, gran ejército de pelotudos. A ver si por una vez en la vida, en lugar de aplaudir el truco de magia, se les ocurre mirar qué tiene el mago adentro de la manga.
