La historia del poder político occidental puede resumirse en la evolución de una jerarquía sagrada. Durante siglos, la ecuación fue vertical y absoluta: el poder descendía de Dios al Rey, y del Rey, por gracia divina, a los súbditos. Con la llegada de la modernidad y las repúblicas, la ecuación se humanizó pero mantuvo su lógica trascendente: de Dios al Pueblo, y del Pueblo, ahora soberano, a sus Representantes. El mandatario era un servidor público, no un amo.

Sin embargo, en las últimas décadas, la Argentina sufrió una mutación perversa de este orden. Se rompió la cadena de mando. En la ecuación del populismo reciente, Dios fue expulsado por ser competencia y el Pueblo fue reducido a una masa clientelar. El poder dejó de fluir; se estancó en la figura del “Representante”.

Esta casta política se erigió como un falso ídolo. Ya no gobernaban para el pueblo, sino que se servían del pueblo bajo una clara hipocresía: pregonar la justicia social mientras ellos acumulaban privilegios de monarquía absolutista naturalizando incluso la sucesión de cargos públicos de padres a hijos, como si el Estado fuera un feudo y el empleo público un título de nobleza. Para sostener esta farsa, perpetraron un sistemático fraude a la democracia. No es casualidad que hayan resistido con uñas y dientes la implementación de la Boleta Única; necesitan del viejo sistema de listas sábanas y robo de boletas para esconderse, manipular la voluntad popular y garantizar que el poder nunca regresara verdaderamente a sus dueños originales. Convirtieron al Estado en Dios, y al político en su mesías.

Pero algo cambió en 2023. Y esta pintada lo explica clara y resumidamente:

En la foto se vislumbra el choque de dos eras. Primero, la pared tomada por la vieja estructura: letras rojas y grandes, de formato proselitista. Es el grito de una agrupación de izquierda, cuyos líderes desconocemos pero que seguramente sus presupuestos pagamos. Exigen que el Presidente se vaya “FUERA MILEI”. Es el alarido de un sistema que se resiste a morir y de una jerarquía invertida que ve amenazado su estatus de “Rey sin Dios”.

Interrumpiendo esa prolijidad rentada, aparece una “Z” desprolija en aerosol negro. No la hizo un comité ni un ministerio, sino un individuo anónimo. Esa marca no es vandalismo; es la respuesta del eslabón perdido, del Pueblo que recupera la esperanza y tacha la propaganda del sometimiento. Mientras la casta busca expulsar al Presidente para restaurar el orden artificial que impusieron. La “Z”, que curiosamente nos recuerda al Zorro, simboliza nada más y nada menos que el retorno al orden natural.

Milei no pide que le rindan pleitesía, su único objetivo es que el individuo recupere su poder. Al citar que “la victoria en la batalla no depende de la cantidad de soldados sino de las fuerzas que vienen del cielo” (Macabeos 3:19), nos recuerda la verdad última que esa “Z” representa. Los derechos a la vida, la libertad y la propiedad no son concesiones del político de turno, sino dones del Creador anteriores al Estado. Esa letra en la pared es, en definitiva, la firma de la Libertad individual.

La jerarquía se está sanando. Se reafirma que los derechos a la vida, la libertad y la propiedad provienen de Dios y que al Estado no le cabe otra función que reconocer estos derechos inalienables que lo preceden; el Pueblo recupera su soberanía sagrada, y el Representante vuelve a ser solo eso: un servidor que deja de financiar la opresión, permitiendo que la pared grafiteada caiga por su propio peso.

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