La izquierda argentina: entre la doctrina Goebbels y la burda mímica
Como nota de actualidad, la perseverante industria de la propaganda. Son múltiples los focos de ataque a la fecha de la izquierda argentina, apéndice de la izquierda internacional. El desdén hacia la realidad, hacía los datos empíricos. La manipulación de la información al punto que para el ciudadano racional resultan absurdos, surreales.
Como trasfondo, dos sueños húmedos. Por un lado el de la morbosa izquierda radicalizada de por fin obtener el más preciado trofeo: una víctima. Un mártir. Un ícono para colocar en sus estandartes. Quisieron que fuera Pablo Grillo. Ahora el esfuerzo está centrado en el “padre” Paco, ex-cura excomulgado por la Iglesia por sus comentarios y discursos proselitistas, su cuestionable accionar en las calles y su decisión dictatorial de dejar de alimentar a los más necesitados por no haber sufragado como él hubiera querido. Cualquier espantapájaros sirve como santo, mientras pague con su propia sangre. Otro virgen al altar, otra res más a la picadora de carne de la maquinaria fascista-estatista, para que la fraternidad pueda seguir comiendo. Por otro lado, el deseo ferviente de retorno al poder, en pos de recuperar inmunidad e impunidad, y de continuar viviendo del sudor ajeno.
En el medio el civil, el trabajador, cuyo mandato ha sido siempre fuerte y claro: paz, orden y oportunidades. Los que no quieren nada del estado más que apartarlo, que no les moleste. Hemos llegado al punto en el que muchos ya no esperan siquiera una calle o una zanja hecha mediante obra pública. Ya han aprendido que, si quieren que algo se haga, no queda más que arremangarse y poner el cuerpo. Ante la auténtica ausencia del gobierno, la desidia instalada desde hace décadas, hemos comprendido que para lo único que sirve un estado “presente” no es para resolver nuestras vicisitudes, sino para impedir y para redistribuir el fruto de nuestro esfuerzo de forma discrecional, injusta.
La semilla del rencor para quienes no quieren que nuestro amado país progrese (porque han hecho todo lo posible para que así fuera) es que la realidad los golpea en la cara. La mayoría de personas apoyan este nuevo rumbo. Una economía más predecible, más sólida, con más opciones, sin desabastecimiento, sin controles ridículos. Ya no más usurpación de las calles por el lumpenaje rentado. Y una política internacional promisoria que ya está entregando resultados.
Y como no tienen más para ofrecer que su propaganda (jamás lo han tenido), ahora su estrategia es focalizar sus esfuerzos en las redes sociales de manera promiscua. Un burdo intento de imitar y contrarrestar aquello que se ha formado en la vereda opuesta, sin call-centers, sin bajada de línea, sin ánimo de lucro. Detrás de la pseudo-organicidad se deja entrever el clásico verticalismo y la planificación que siempre los ha caracterizado. La estrategia es simple: instalar, desgastar, sembrar inseguridades y dejar que la sociedad, una vez confundida, haga lo suyo. Extraer el mayor jugo posible al fenómeno de la post-verdad; explotando y vulnerando la emocionalidad de los individuos para lograr su cometido. Y el patrón se repite de forma sistemática: en la cúspide la cabeza propone la directriz, las segundas líneas la elaboran en plenarios. En la base, grupos reducidos saliendo a las calles, apelando a causas justas para generar caos, buscando ese cortometraje que “compruebe” su teoría de la doctrina de la “brutal represión” por parte del Estado. En el medio, el ejército de redes y periodismo rentado difundiendo y amplificando. Sin ética, sin códigos, apelando a las más insólitas réplicas y estratagemas con tal de hacer que esa idea, esa semilla, se siga difundiendo e instalando. Los mandos medios irónicamente protegiéndose de las opiniones disidentes mediante cuentas con acceso limitado y cuidando sus apariciones en público, temerosos de lo que el hombre común tiene para decirles quedando así desnudos. Todo lo anterior, siguiendo al pie de la letra los once principios “goebbelianos” para una propaganda efectiva, uno por uno.
El problema se materializa cuando esa cabeza pierde su centralidad, y entonces los tentáculos comienzan a moverse de forma errática, espasmódica. Eso es lo que estamos presenciando hoy: una “jefa” que ha dejado de lado a su tropa en el afán de centrarse en la defensa de sus intereses personales, por ende una silla vacía que nadie se atreve a ocupar porque aún está caliente, y una tropa que ha entrado en un bucle infinito de reiteración de las mismas temáticas sin sustento: 3%, jubilados, ponerle freno, hambre, vendepatria, imperialismo, dictadura, represión, …
En paralelo han comenzado, ya sin nuevas ideas, con los focus group y las mediciones de lo que les queda. Están exponiendo a los mismos cuadros que ya han tenido en el poder y que han fallado estrepitosamente, para ver si algo de eso aún les sirve. Desde luego que no lo hace, y aunque la militancia de cada uno de ellos luche con uñas y dientes en las antes mencionadas redes para intentar sostenerlos, sus mismas filas los repelen, los escuchan y los vuelven a cuestionar. Todo lo anterior, sin tener en cuenta las internas por el poder, la des-financiación, y el despertar de una Justicia tras un largo letargo, que comienza a facturar sus desparpajos del pasado. Y al margen, unos pocos que les reclaman a los propios unidad y sensatez, pero cuya voz no encuentra eco.
Hacia el futuro seguirá siendo responsabilidad de todos nosotros, ciudadanos, defender este rumbo. Proteger el futuro de nuestros hijos de los embates de grupos radicalizados, nos guste o no inmiscuirnos en política, porque ese es nuestro deber cívico. Muchos ya han emprendido ese camino y son protagonistas de este nuevo sendero de crecimiento y desarrollo para nuestra patria. Esa es la auténtica unidad, no la política sino la del pueblo, el verdadero pueblo.
