En el manual de la política tradicional argentina, lo que acaba de suceder con el Hospital Garrahan sería calificado como un error no forzado. La gestión de Mario Lugones concretó la renovación de 310 camas con tecnología japonesa de última generación y la digitalización total de sus quirófanos. Sin embargo, el hecho pasó casi desapercibido en la superficie mediática. No hubo cadenas nacionales, no hubo pecheras militantes en los pasillos, ni una sola foto proselitista del Presidente inaugurando equipamiento de punta en, nada más y nada menos, uno de los hospitales que la oposición utilizó como principal bandera política durante la campaña de 2025.

Para quienes crecimos bajo el bombardeo del “relato”, esta ausencia de épica resulta extraña, casi incómoda. Pero ahí es donde reside la verdadera batalla cultural: en la transición del político-mesías al funcionario-administrador.

Estamos condicionados por décadas de puestas en escena donde todo, y en especial la salud pública, se transformó en una obra tragicómica de teatro. Imposible no recordar el vuelo de Aerolíneas Argentinas trayendo las vacunas Sputnik, con azafatas llorando frente a las cámaras y una épica de “gesta heroica” que pretendía instalarnos la idea de que el Estado nos estaba salvando la vida. El plot twist de esta obra fue al poco tiempo, cuando nos dimos cuenta de que mientras el aparato comunicacional vendía mística, la casta política se vacunaba impune e hipócritamente en los despachos del Ministerio de Salud. El “Vacunatorio VIP” fue la puesta en evidencia de un modelo donde el relato pesa más que el deber.

Esa misma puesta en escena es la que permitió inaugurar cinco veces el hospital “René Favaloro” en La Matanza sin que nunca tuviera médicos ni insumos para atender a un vecino. O la que dejó como herencia esqueletos de cemento con autopercepción hospitalaria en el Conurbano y el norte del país; edificios vacíos que solo servían para cortar una cinta en año electoral y alimentar la narrativa del “Estado presente”. El mensaje siempre fue el mismo: una relación de dependencia donde el líder te cuida y, a cambio, vos le debés gratitud eterna.

Lo que vemos hoy en el Garrahan rompe esa manera de ver la política. La compra de equipamiento de punta en un año sin elecciones y sin la búsqueda de un rédito político inmediato es la prueba de que verdaderamente se busca un cambio de paradigma.

Siempre se dijo que la Argentina era un país joven al cual le faltaba mucho por aprender; quizás estemos en las puertas de la madurez. Esa madurez llega cuando entendemos que el gobernante no es un salvador ni un mesías, es solamente un administrador… alguien contratado para gerenciar los recursos de los contribuyentes -la nuestra- con criterio técnico y, por sobre todo, moral. Bajo este nuevo paradigma, no debemos agradecimiento eterno pero sí el reconocimiento y posterior memoria de la decisión de hacer las cosas bien cuando no hay castigo por hacerlas mal, y sobre todo cuando la sociedad ya estaba acostumbrada a la supremacía del relato.

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