El Estado no es tu jefe, ni tu padre, ni tu madre: es un animal.

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Y más específicamente: un parásito.
El problema de fondo de la Argentina no es coyuntural, no es “la inflación de turno” ni “el dólar blue”. El cáncer de verdad es mucho más profundo y se llama estatismo parasitario. Se ha enquistado en el alma argentina como un tumor que nadie quiere operar.

Vivimos en una sociedad donde “colaborar” es sinónimo de “aspirar a un carguito”, donde “el bien mayor” significa “a como de lugar”, donde si militás o hacés algo por el otro sin cobrar, estás mintiendo, donde los “principios” vienen con una etiqueta que dice “depende de”.

Vivimos en una sociedad donde los legisladores se convencen —y convencen a muchos— de que su misión sagrada es crear leyes para dictarle al pueblo qué puede y qué no puede hacer. Mientras tanto, una porción importante de ese mismo pueblo se arrodilla por reflejo ante la idea de que el Estado posee una sabiduría superior, una especie de omnisciencia moral que le permite decidir cómo debe —o no debe— vivirse la vida.

Hemos entregado, voluntariamente, a una banda de delincuentes con traje y corbata la potestad de meterse en cada rincón de nuestra existencia. Les dimos el poder de regular desde cuánto podés ganar hasta a quién podés contratar, desde qué podés vender hasta cómo tenés que organizar tu propio negocio. Y lo hicimos disfrazándolo de “democracia”: nos sacamos de encima toda responsabilidad personal y nos tragamos el cuento de que votar cada dos años nos convierte en dueños de algo.
Así se arma el círculo vicioso perfecto:

  • Elegimos (o toleramos) políticos inmorales, sin principios, sin experiencia laboral real en el mundo productivo. “Roban pero algo hacen” ¿te acordás?
  • Esos mismos parásitos se creen dioses todopoderosos sentados en sus bancas cuando en realidad no son más que empleados públicos que viven del sudor ajeno.
  • El pueblo, por apatía o por adoctrinamiento, les construyó el pedestal desde el cual nos regulan hasta la relación más íntima entre un empleado y su empleador, como si fueran dueños absolutos de la libertad de terceros.

Y lo peor: seguimos normalizando que el Estado sea visto como una “salida laboral”, “un trabajo” o algo “noble”. Seguimos aplaudiendo cuando un diputado o senador aparece en una nota diciendo pavadas que conforman, mientras las cámaras se convirtieron en un divertimento inútil para las redes sociales, un reality show caro pagado con nuestros impuestos en el que solo se benefician unos pocos.

Un reality show caro que, de base, no modifica nada que no le convenga.
Legislan sobre el trabajo de los demás argentinos pero no van a tocar el reglamento de las cámaras para que -por ejemplo- se sancione a los que insultan, interrumpen o son corruptos en las sesiones.
Legislan sobre las empresas, los negocios y hasta la vida de la gente pero sobre sus kioscos, asesores y dietas ni “mu”.
Legislan sobre cómo, cuándo y por qué un dueño puede despedir al empleado que ya no le sirve, pero de apartar del estado al personal inútil de planta permanente no hablan en ningún lado.
Marche impuesto para el pueblo y carguito para el munipa amigo.
Como si la causa del mal no tuviese nada que ver con lo mal que hacen sus trabajos.

Mientras cada argentino no rompa esa cadena mental y deje de delegarle al Estado su propia vida, seguiremos atrapados en el mismo bucle infernal: los mismos legisladores parásitos reciclando privilegios generación tras generación, los mismos problemas enquistados desde hace décadas, y un sistema que —está clarísimo— no funciona ni funcionará jamás mientras siga basado en la coerción y la delegación irresponsable.

Ellos son empleados del pueblo. No reyes, no dueños, no dioses, no salvadores. Empleados. Y no se los recordamos lo suficiente.

La salida no está en elegir mejores políticos (ya probamos eso) y hemos confirmado que un solo Milei no alcanza para terminar con las manos levantaditas por lo bajo de ciertos concejales.
La salida empieza cuando cada uno de nosotros deje de mendigar subsidios por considerarlos un insulto, regulaciones “justas” o “protección” por ser sinónimo de robo de corruptos, y empiece a asumir que la libertad no es una ley firmada por inútiles improductivos sino un derecho de cada ser humano.

Hasta que eso no ocurra de manera masiva, hasta que ser anti estatista no se ponga de moda, el parásito seguirá creciendo a base de ser normalizado en sus vicios (convenientes para algunos). Y nosotros seguiremos siendo los que lo alimentamos.

Cuando los argentinos recobremos el honor, digamos “no” frente al sobre o el carguito, ese día, el animal será domesticado.

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